UN PUEBLO EN EL BOSQUE, por Natalia San Miguel. Cuentos y relatos de terror

Relatos de terror

Cuentos y relatos de terror pertenecientes al concurso La fiesta de Orfeo.

Relato nº22

UN PUEBLO EN EL BOSQUE, por Natalia San Miguel

Era un pueblo que se creía deshabitado. Pero se equivocaban. Generaciones vivieron por siglos en esas tierras, con un pasado macabro que nadie se atreve a contar. Solo una persona, uno de aquellos niños. Su historia comienza así, lo contó en secreto, porque teme que la encuentren. Ahora es una anciana, que recuerda aquellos viejos días con temor. Recuerda aquel lugar tan lúgubre y triste. Quiere olvidar, pero a su vez quiere perpetuar sus lamentos, para que la escuchen, y aquellos seres no se atrevan a seguir con aquel trágico ritual. Los sacrificios son sus familias, que no se atreven a respetar, profanándolos, molestándolos.

Era una noche tan sombría como ninguna se haya visto. Los cipreses, los sauces llorones y otros que la anciana a penas recuerda, descansaban como todo en aquel cementerio. El viento era calmo. Al son de un réquiem iba pasando por cada rincón de aquel lugar. Parecía lamentar aquella noche, velar por aquellas pocas almas que ya no iban a estar más solas. Solo algún farol perdido entre los caminos de la necrópolis guiaba a quienes estuvieran errabundos aquella noche. Esa brisa tan cristalina, aún recuerda como la sentía acariciar su piel de porcelana. Iba con un vestido de tul, y con unas balerinas, danzando, con pasos de bailarina, mientras una cinta en su pelo iba devolviéndole la caricia al viento.

Creía tener 8 años. Pero aparentaba menos. Una muñeca la acompañaba en  aquel paseo nocturno.

Sus padres estaban en el funeral de su abuelo. Como el resto del pueblo. A lo lejos sentía llantos, eternos llantos que hasta hoy quedaron grabados en su memoria. Como dice ella, en su maldecida memoria. Pero ella no entendía aquella situación. Solo jugaba a esconderse, entre aquellas demacradas lápidas. Traspaso el portón y el cerco que separaba la parte antigua de la recién construida. Aquella había tenido su primer visitante, su  abuelo Ernesto. Lo demás estaba vacío, como esperando a sus próximas victimas. En la parte antigua, las tumbas estaban quebradas, los mausoleos, las criptas, y los epitafios perdiendo sus frases con el tiempo. Casi siempre eran profanadas, estaba deteriorándose como si tuviera vida. Ni los siglos lo habían perdonado.

Emily, seguía ocultándose entre ellas, pensando que cuando acabara aquella devastadora ceremonia, iban a buscarla y les costaría toparse con ella.

Pero aquel escondite, la haría ser testigo de una macabra conspiración.

Poco mas tarde, pasadas la medianoche, un desfile parecía acercarse. Ella decidió quedarse tras ese frió mármol.  Pasaron solo a un suspiro de ella, pero no lo notaron. Así fue siguiendo con su mirada, el recorrido que iban haciendo por las calles de la necrópolis. El sepulturero estaba más allá. Lo podía ver, pero no el a ella, estaba en el lugar perfecto para ser observadora, solo eso. Cuando aquella mancha oscura iba acercándose a los demás, que de pie, seguían dando lágrimas en honor al difunto, cada vez más tristes, al pasar la gran puerta, se confundieron con los espectadores que aguardaban allí.

La noche se estaba opacando cada vez más. La lluvia amenazaba con visitar a aquel cementerio, dando su pésame, con sus fríos lamentos.

En el momento que la oscuridad comenzó a adueñarse de cada sombra, de cada luz que antes se había escabullido de rejillas, y demás, había sido apagado como si un fuerte viento hubiera extinguido una vela, los niños pusieron en funcionamiento su macabro plan.

Nadie lo había notado, la oscuridad oculto perfectamente aquellos hoyos que adornaban por doquier el húmedo suelo.

Fue en un abrir y cerrar, que todos los presentes comenzaron a caer a aquel abismo, y los ataúdes comenzaron a cerrarse, en una sinfonía estrepitosa. Madera crujiendo, uñas rasgando las paredes de los cajones, gritos, blasfemias, y lamentos, se ahogaban entre aquel encierro.

Enseguida, el sepulturero  y guardián de aquel santuario de almas, se apresuró con su pala a contemplar cada uno de esos pozos. Así de a poco fue sellando cada uno de ellos, con aquella tierra que esperaba regresar a su lugar. Los aullidos aún seguían coreando sin cesar. Otros habían dejado aquella obra teatral, habían callado para siempre. Un rato después las voces eran espectrales. Eso creían los invitados a aquel espectáculo. Los niños aún vigilaban desde sus asientos que ningún ser se burlara de la muerte. Así fue, todas las vidas quedaron encadenadas a la muerte, era un silencio perturbador, sepulcral.

Ni una lágrima desperdiciaron. Aquellos niños ahora eran quienes guardaban el pueblo. Y el sepulturero no los molestaría, siempre vagaba por esos lúgubres lares, sin nunca salir de esas paredes manchadas de recuerdos. Sin ningún resentimiento, ni una huella de tristeza, se retiraron a sus desolados hogares. Mañana sería otro día, y debían crear un nuevo lugar.

Emily seguía con su mirada pérdida, atormentada por lo que había sido testigo. Lamentaba con su alma haber visto aquel atroz espectáculo. No sería más que pesadillas desde ahora, y una profunda tristeza que nunca podría olvidar. Aún seguía llorando en silencio, aún oculta detrás de aquella lápida. Pero decidió seguir los pasos de los demás niños, para que no sospecharan, temía saber que eran capaces de hacerle. Cuando el último pasó delante de ella, logró confundirse entre ellos. Supuso que no lo notaron, en ese momento ya no le importaba.

La lluvia no apaciguó sus sentimientos marchitos, le hacía recordar a las lágrimas, y cada gota que caía golpeando su ventana, la entristecía más. El resto de la noche, no pudo atraer el sueño, solo imágenes como fotos en un álbum, pasaban lastimándola. Emily al final pudo conciliar el sueño, pero le esperaban más perturbadores escenarios y situaciones, todo lo que aquella trágica noche había visto sin querer.

Otro día gris les daba la bienvenida, una atmósfera de pesadumbre, sofocaba a quienes se atrevieran a salir. El viento parecía estar estancado.

Era el momento de acabar con el último ser que podría intervenir en sus planes, el sepulturero, aquel hombre con cabellos plateados y largos, una vestimenta sucia y roída por el tiempo y oficio, aquel hombre que además de cuidar a los muertos, los pintaba. El pacto que habían sellado debía ser roto. Los propósitos de aquel viejo hombre sabio, de restaurar aquel rincón del bosque, para que los fueran a visitar y huéspedes quedaran intrigados por su historia y tragedia, y la belleza oculta tras todo ese polvo y lúgubre escenario, debían ser olvidados para siempre.  No fue difícil, el anciano no se resistió. El guardián cayó por siempre. Ahora sería el que guiaría tras su muerte. Los niños así se encargaron de envés de hacer florecer el pueblo, marchitarlo. Resecarlo, hasta dejarlo morir. Eran libres. Eran prodigiosos, descendientes de artistas que convivían con la naturaleza para inspirarse. Nadie podía elegir su destino, sus almas eras dueñas de lo que adoraban, no tenían que ser como ello…

UN PUEBLO EN EL BOSQUE, por Natalia San Miguel. Cuentos y relatos de terror
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