“Por donde pisa mi caballo, no vuelve a nacer la hierba”: Atila, el Azote de Dios

Historia, Personajes de la historia

Roma Mediterránea

Corría entonces el año de 376 d.C. y Roma, otrora la inigualable potencia del mediterráneo, cúspide de la civilización antigua, ya no era la de antes. Décadas de guerras internas y amenazas externas la habían convertido en un gigante con pies de barro. Sin embargo, seguía siendo reina suprema, inigualable en el mundo occidental.

Aquel año comenzaron a llegar rumores. Al principio relatos sueltos, con el tiempo comenzaron a tomar forma. Un monstruo venía del Oriente.

Su forma no estaba clara, ni su naturaleza. Sólo se sabía que los bárbaros de oriente (de por sí motivo de inquietud y temor para los romanos) huían por miles de las estepas europeas. Tras de ellos, afirmaban, venía un pueblo indomable, inconmensurable, algo con lo que jamás se había enfrentado occidente.

Se trataba de los Hunos.

Pueblos de las estepas

Europa tiene una posición privilegiada. En el viejo mundo, solo ella y Japón se encuentran a una distancia importante de las grandes estepas asiáticas.

Y esto es fundamental porque de las grandes estepas vienen los pueblos más terribles y poderosos, equipados con un arma que sería prácticamente imbatible hasta el desarrollo de las armas de fuego: el caballo.

Aunque prácticamente todas las civilizaciones del viejo mundo usaban caballos, nadie los manejaba con la destreza y poder de los pueblos de las estepas. Ellos podían, literalmente, vivir sobre sus caballos, deteniéndose sólo para dormir y alimentándose de su sangre. Si eran derrotados, volvían a las estepas y se reagrupaban. Si triunfaban, quemaban todo a su paso, no dejando más que una montaña de cadáveres.

Los Hunos fueron uno de estos pueblos. No tenían escritura (ni siquiera conocemos su lengua) por lo que no sabemos de dónde venían, pero se cree que surgieron de lo que hoy es Mongolia Occidental y que hacían parte de los pueblos xiongnu, bien reconocidos en la historiografía china.

Algunos creen que se trató de una sequía. Otros, que fue un asunto religioso. En cualquier caso, el punto es que miles de estos hombres comenzaron a marchar hacia occidente, hacia las estepas de Ucrania. Y desde allí, entraron a Europa.

El imparable avance de los Hunos

Los pueblos germanos que vivían al norte del Danubio fueron derrotados uno tras otro. Todos huyeron hacia el sur, buscando refugio en una Roma debilitada (cabe aclarar que en este caso “buscar refugio” significa “atacar”). Alanos, Ostrogodos y Visigodos fueron derrotados: ningún europeo podía enfrentarse a los recién llegados.

A excepción, claro, de Roma.

Era decadente, sí. Pero seguía siendo una potencia. Nadie había derrotado a Roma en su propio territorio en siglos, y el ejército romano seguía siendo temible. Las legiones no habían gobernado el mediterráneo por casi 5 siglos por obra del azar.

Si bien ya desde el 376 sonaban amenazas en el Imperio, no es hasta el 395 que llegan los primeros mensajes, claros, del nuevo desafío de Roma. Amiano Marcelino, oficial legionario destinado en Tracia (hoy Bulgaria) envío este mensaje describiendo, por primera vez, a los hunos:

Pequeños y toscos, imberbes como eunucos, con unas caras horribles en las que apenas pueden reconocerse los rasgos humanos. Diríase que más que hombres son bestias que caminan sobre dos patas. Llevan una casaca de tela forrada con piel de gato salvaje y pieles de cabra alrededor de las piernas. Y parecen pegados a sus caballos. Sobre ellos comen, beben, duermen reclinados en las crines, tratan sus asuntos y emprenden sus deliberaciones. Y hasta cocinan en esa posición, porque en vez de cocer la carne con que se alimentan, se limitan a entibiarla manteniéndola entre la grupa del caballo y sus propios muslos. No cultivan el campo ni conocen la casa. Descabalgan solo para ir al encuentro de sus mujeres y de sus niños, que siguen en carros su errabunda existencia de devastadores.

En estos mensajes no estaba clara todavía la amenaza que representaban. Sólo se sabía que un pueblo nuevo, uno con el que Roma nunca había lidiado, se aproximaba por el Oriente. Pero pronto la amenaza se hizo más clara.

En el año 432 los hunos, por primera vez, cruzaron el Danubio.

Atila

No fue Atila, sino su tío (el rey Rua) quien cruzó el Danubio. Hasta entonces, esta había sido por siglos la frontera del Imperio, la barrera que nadie debía cruzar. Pero los germanos ya habían pasado, huyendo de los hunos. Si bien lo hicieron como aliados, sí rompieron el equilibrio y trajeron un choque cultural a la estable sociedad romana.

Y esto dio paso para que Rúa, rey de los Hunos, cruzara la frontera y atacara el Imperio. Fue tal su ímpetu que el emperador romano Teodosio II de inmediato tuvo que negociar un pacto: 115 kg de oro anuales se pagarían para garantizar la paz. Roma empezaba mal.

Y dos años después, Rúa murió. Sus dos sobrinos, Atila y Bleda, heredaron el trono… y un poderoso pueblo que acababa de humillar a la mayor potencia del mundo occidental.

Es aquí, verdaderamente, donde comienza la historia del Azote de Dios. Pero sobre ella hablaremos en una próxima ocasión.

Parte 2

Imágenes: 1: arrecaballo.es, 2: portaldelhistoriador.blogspot.com.co, 3: wikipedia.org

“Por donde pisa mi caballo, no vuelve a nacer la hierba”: Atila, el Azote de Dios

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Bibliografía

El pensante (14 diciembre, 2016). “Por donde pisa mi caballo, no vuelve a nacer la hierba”: Atila, el Azote de Dios. Bogotá: E-Cultura Group. Recuperado de https://www.elpensante.com/por-donde-pisa-mi-caballo-no-vuelve-a-nacer-la-hierba-atila-el-azote-de-dios/