“Por donde pisa mi caballo, no vuelve a nacer la hierba”: Atila, el Azote de Dios, parte 2

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Imagen de Atila de un documento nórdico del siglo XIII

Atila y Bleda, reyes de los Hunos

Como señalamos en el episodio anterior, Atila fue heredero junto con su hermano Bleda del Reino de los Hunos. Bajo su dominio alcanzaría dimensiones inimaginables para un pueblo nómada de aquel periodo.

Pero por ahora, los dos hermanos gobernaban juntos en las estepas de Ucrania. En este periodo desaparecen de la escena romana y viajan al Oriente, a atacar a la otra gran superpotencia de la región: Persia. Tras una serie de victorias, serían finalmente rechazados en Armenia y volverían (con un jugoso botín) a las estepas ucranianas.

En el año 440 los dos hermanos retornaron a la campiña romana y de nuevo asediaron vastas áreas al sur del Danubio (en teoría protegidas por el tratado vigente). Pese a que Teodosio, Emperador Romano de Oriente, de inmediato convocó a las legiones de África del Norte (las mejor preparadas del Imperio) y organizó un gran ejército, fue derrotado una vez más y obligado a replegarse hacia Constantinopla. Allí, de nuevo, los romanos fueron masacrados por los hunos y sólo los salvó la fortaleza de la capital romana, cuyos muros serían infranqueables hasta el desarrollo de poderosos cañones más de 1.000 años después.

Teodosio tuvo que negociar, de nuevo, una rendición:  casi dos toneladas de oro, además de 687 kilogramos como tributo anual (el triple que lo que pagaban anteriormente). Los hunos, de nuevo, se retiraron a las Estepas.

Y allí, Bleda murió de manera misteriosa.

Atila, único Rey de los Hunos

Debido a que los hunos no manejaban fuentes escritas, no se sabe con certeza el año o forma de su muerte. Sin embargo, parece ser que fue asesinado por el mismo Atila durante una cacería en torno al año 445.

En cualquier caso, con la muerte de su hermano Atila se convirtió en el soberano indiscutible de los Hunos y comenzó una serie de campañas que lo convertirían, en verdad, en el Azote de Dios. Las fuentes romanas son, en este aspecto, mejores que cualquier otra cosa:

La nación bárbara de los hunos, que habitaba en Tracia, llegó a ser tan grande que más de cien ciudades fueron conquistadas y Constantinopla llegó casi a estar en peligro y la mayoría de los hombres huyeron de ella (…) Y hubo tantos asesinatos y derramamientos de sangre que no se podía contar a los muertos. ¡Ay, que incluso ocuparon iglesias y monasterios y degollaron a monjes y doncellas en gran número!

Pero no sería en Oriente, sino el Occidente, donde Atila consumase su Historia.

Honoria

Recordemos que el Imperio Romano había sido dividido en dos partes: el Imperio de Oriente y el Imperio de Occidente. El primero era el más poderoso y desarrollado, el segundo se encontraba en una seria decadencia.

Pese a ello, el Imperio de Occidente seguía siendo una potencia y su emperador, Valentiniano, un hombre temible. El gobernante había hecho una especie de alianza con Atila (nombrándolo Magister Militum) y esperaba que aquel concentrara sus fuerzas en Oriente.

Pero lamentablemente para él, su hermana tenía otros planes. Honoria, cansada de la supremacía de Valentiniano, había llegado a su límite cuando la obligaron a casarse con un desagradable senador romano: Bassus Herculanus. La mujer envió su anillo matrimonial, junto con una carta de auxilio, a Atila, quien entendió que le estaban ofreciendo el Imperio si lograba rescatarla.

Y así, Atila abandonó el Imperio de Oriente y cruzó el Rin hacia occidente. Corría el año de 450.

La Batalla de los Campos Cataláunicos

En el Imperio de Occidente se encontraban los Ostrogodos, los Alanos y los Visigodos, viviendo en alianza con el Imperio Romano. Fue en últimas esto lo que permitió a Roma salvar el pellejo.

Pues cuando los Hunos cruzaron el Rin su reputación les precedía y los germanos, antiguos enemigos de Roma, decidieron aliarse para evitar la catástrofe final (a excepción de los Ostrogodos, que decidieron aliarse a los invasores en la esperanza de obtener parte del botín). Tras la caída de varias ciudades en la Galia el ejército romano y sus aliados se enfrentaron finalmente a los hunos en la Batalla de los Campos Cataláunicos, una de las más grandes e impresionantes del mundo antiguo.

El resultado fue uno de esos que no se entienden del todo: Atila logró romper las filas Alanas y matar a Teodorico, Rey de los Visigodos. Sin embargo, su astucia no pagó y el príncipe, Turismundo, fue de inmediato erigido como rey. Los visigodos no se desmoralizaron, sino que atacaron con mayor vehemencia.

Y la caballería huna, atrapada en un escenario lejos de ideal para su modo de combate, comenzó a sufrir las consecuencias.

La batalla terminó con una rápida retirada de Atila al campamento temiendo un repliegue de las tropas visigodas y que terminaran de encerrar su ejército. Sin embargo, Aecio (comandante romano) decidió no atacar, ya fuese por temor a ser derrotado o a sus aliados germanos. En cualquier caso, los hunos se vieron obligados a retirarse, pero su ejército estaba en gran parte con vida.

Fresco que representa a Atila reuniéndose con el Papa León I

El milagro de León I

Y así, el año 452 de nuevo Atila marchó hacia el Imperio, esta vez, a Roma. Ya parecía no quedar esperanza para los romanos, que veían como su peor enemigo, “El Azote de Dios”, marchaba imparable hacia la capital.

Pero he aquí que en las puertas de Roma apareció un personaje hasta ahora poco conocido: León I, Papa de la cristiandad. El hombre se reunió con Atila en las orillas del Po y volvió a Roma con noticias: el conquistador se retiraba. Atila, comandante de un ejército prácticamente invencible, se retiraba sin razón alguna.

Y al día de hoy no sabemos qué le dijo León I para evitar la debacle final del Imperio.

Atila renunció a sus peticiones, huyó a Germania y decidió casarse allí con una princesa germana. Sería envenenado el día de su boda, muriendo a causa de una hemorragia nasal.

Y así termina la historia de Atila, el Azote de Dios. Tras ser sinónimo de crueldad y terror, tras gobernar una región que iba de la actual Alemania a las costas del Mar Negro, tras haber derrotado a incontables ejércitos y demostrado que incluso los más grandes podían caer, Atila murió de una manera deshonrosa para cualquier guerrero.

Fue quizás este el castigo que el Papa León I había prometido. Fue quizás justicia divina. O quizás el simple hecho de que a la realidad, a veces, le gusta la ironía.

Parte 1

Imágenes: 1: wikipedia.org, 2: edukt.com.mx, 3: catholic.net

“Por donde pisa mi caballo, no vuelve a nacer la hierba”: Atila, el Azote de Dios, parte 2

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