PISTAS DE SANGRE EN NAMBIJA, por Nefês_metah. Cuentos y relatos de terror

Relatos de terror

Cuentos y relatos de terror pertenecientes al concurso La fiesta de Orfeo.

Relato nº2

PISTAS DE SANGRE EN NAMBIJA, por Nefês_metah

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El caserío de Nambija pertenece a la provincia de Zamora Chinchipe, al sur de Ecuador.  Esta zona es considerada un yacimiento donde se asientan varias minas auríferas pero, a más de eso, resulta extraña la serie de acontecimientos anómalos que se dieron a principios de 1960 en este pequeño poblado.

La chiquillada, de un momento a otro, se vio alterada por unos incidentes que terminaron minando el corazón de los habitantes de este enclave.  Muertes violentas que, desde un principio, se atribuyeron a influencias malignas, pero el caso no iba a ser tan fácil de desvelar.

Cierta tarde del mes abril del año citado, Juan (de 9 años), uno de los niños del caserío, salió a jugar, como lo hacía todas las tardes.  Tomó su balón y, propinándole dóciles puntapiés, lo conducía sobre una cima o cerro pequeño, con el objeto de lanzarla para el otro lado y salir corriendo tras el balón.  Su madre le veía jugar desde la ventana de su pequeño “refugio” mal llamado casa.

Las horas pasaban y el niño no regresaba a su casa ¿Qué había ocurrido?  Era tarde, casi noche y Juan no daba rastros de vida por la zona.  Presurosa y asustada a la vez, Julia, su madre, salió a trompicones y se dirigió cerro arriba a la espera de encontrarlo aún en sus menesteres, pero no fue así.  Las sorpresas no se hicieron esperar: Juan no estaba en la planicie, pero si su balón.  Sucio y ennegrecido, yacía el balón sobre aquella planicie árida, pero Juan… ¿Dónde estaba?

Julia, desesperada por la situación se apresuró en llegar a su casa.  Debía telefonear a alguien para que le brinde ayuda en el rastreo; posiblemente alguna banda de delincuentes estaría afincada en la zona y secuestraron a Juan, se dijo para sus adentros.

Las llamadas iban destinadas a unas vecinas muy amigas suyas.  Otro sobresalto estaba a punto de presentarse.  Las vecinas también comentaban sobre la desaparición de los suyos.  Era de locos.  La situación se vio agravada en minutos.  ¿Dónde estaban los pequeños?

Julia, decidida a dar con su hijo, salió de su casa con rumbo desconocido.  No importaba lo que tuviera que caminar, lo importante en esos momentos era la salud e integridad de Juan, su único hijo.

Divorciada hace más de 4 años, estaba definitivamente fortalecida para que un evento así la doblegue.  Tomó unas fotografías de Juan y emprendió el camino hacia ningún sitio.

Tras caminar algunas cuadras, dio con un trabajador de las minas, el mismo que le dijo que no había visto a su hijo, pero que era consciente de que en el lugar ocurren “cosas raras”.

Julia, contrariada por el comentario e información de aquel sujeto le preguntó:

-¿Pero a qué cosas raras se refiere usted?

-Luces, algunos dicen que es el demonio, dijo el enjuto trabajador.

¿Luces?

-Señora, a su hijo se lo llevó el demonio, no hay duda.

Julia, no daba crédito a lo que escuchaba.  Pensaba que aquel trabajador estaba loco.  ¿A qué “luces” se refería?

En fin.  Ya eran las 9 pm y su hijo no aparecía; visitó varias casas, la de sus amigos y no tan amigos a la espera de encontrarlo pero… no ocurría eso.  Juan seguía sin aparecer.

En casa de Lupita, una muy buena amiga de la infancia, comentaban lo sucedido y estaban preparando ya un equipo de búsqueda con todos los vecinos.  Si eran secuestradores darían con ellos.

De pronto la noche es rasgada por unos gritos estremecedores.  Julia, junto con Lupita, su esposo y amigos en general, salen de la vieja casa y corren calle arriba a la espera de encontrar con la causa de aquel macabro alarido.  En efecto, el cuadro que se presentó les heló la sangre:

Era Juan, estaba con un cuchillo y había degollado a un hombre.  “No es posible” se dijo Julia; ¿Qué has hecho Juan?  Casualmente aquel hombre era el mismo que le había dado la información sobre las “luces” hace poco tiempo atrás.  ¿Qué era todo aquello?

Julia, sin miramientos, emprende una frenética carrera al encuentro de su hijo.  Solo quería tomarlo entre sus brazos fuertemente.  La angustiosa búsqueda llegó a su fin pero, nuevos acontecimientos se hicieron presentes.  Había una muerte de por medio.  ¿Qué llevó a Juan a cometer algo así?

Atropelladamente y trastrabillando, Julia, llega junto a su hijo.  Está bañado de sangre y aún sosteniendo el cuchillo.

-¡Hijo!, ¿qué te ocurrió? ¿Por qué has hecho esto?

Juan, con la mirada perdida, solo observaba una parte del firmamento.

-Ellos me dijeron que lo haga, respondió al fin.

-¿Quiénes dijeron que lo hagas, quienes?

No hubo más respuestas.

Pero el asunto no llegaría hasta ahí.  Los alaridos de dolor de la gente de los alrededores alertaron al grupo.  Al parecer hay más casos como ese.

Julia, tomando a su hijo en sus brazos, corre hacia el grupo y, fugazmente, se desplazan hacia donde escuchan aquellos quejidos de dolor.

Al llegar calles más arriba se dan cuenta que otro niño del caserío, esta vez Edwin, de doce años,  había asesinado a otro morador del sector.  Una gran roca se podía observar entre sus dedos, la misma que estaba pintada con la sangre de aquel desafortunado.  Edwin permanecía ensimismado y con la vista levantada hacia las nubes.  Los familiares de la víctima empezaron a sacudir al jovenzuelo con la intención de que responda por lo que acababa de cometer.  Era inútil, Edwin no se movía.

Los segundos eran eternos y las dudas y el dolor atenazaban los menguados corazones de las familias.  Eso era demasiado para ellos, dos asesinatos en una noche, precedentes de otros más, los mismos que fueron dándose a conocer conforme pasaban los minutos.

En el trance que les tenía en vilo, cierta mujer logró decir algo que a todos impresionó:

-¡Miren eso!, son “luces”, miren…

Efectivamente.  Unas intrigantes y misteriosas “luces” habían salido de las oquedades de las minas.  Eran brillantes y se desplazaban rápidamente.  En un momento dado los niños del poblado empezaron a correr en estampida hacia un pequeño cerro cercano.  Subían sigilosamente, sorteando la maleza, hasta la cúspide y de ahí, dirigieron su mirada hacia aquellas “luces”, que podrían medir entre 30 y 40 centímetros.  Aquel fenómeno luminoso terminó formando un círculo de considerables dimensiones y, girando velozmente, se perdió entre las nubes.

A continuación, los niños, absortos por su ubicación, empezaron a bajar presurosos.  Un repentino miedo les embargó.  Un miedo inusual, a decir verdad, aquel temor se había instalado en sus corazones justo al momento de desaparecer esas “luces”.

Julia y el resto de vecinos, ante lo que se les presentó, no supieron hacer otra cosa que abrazar a sus hijos y permanecer, sobrecogidos, oteando el firmamento, en busca de aquellas “luces” que provocaron, claro está, toda esa sangrienta matanza.  Muertes que quedaron encerradas en el baúl del misterio a la espera de una solución.

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