Penicilina, o de cómo un melón sirvió para salvar millones de vidas

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Antibióticos

Los antibióticos son fundamentales para la medicina moderna y son básicamente nuestra primera y última línea de defensa contra las infecciones. Investigaciones nuevas, como los bacteriófagos, se encuentran aún en estado preliminar y aunque han conseguido algunos resultados no parece que vayan a convertirse en alternativas en al menos una década.

Como muchos sabrán, los antibióticos fueron descubiertos por Alexander Fleming, quien se encontró un día con que uno de sus cultivos de estafilococos había sido contaminado con un hongo que había combatido exitosamente a la bacteria. Pese a que en su momento (1928) el descubrimiento fue revolucionario, pasaría más de una década para que la penicilina llegase a quienes la necesitaban.

La razón es simple: su producción se convirtió en un constante dolor de cabeza. Pese a su ingenio, Fleming jamás fue capaz de encontrar una manera para extraerla en cantidades suficientes.

Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey

El trabajo quedaría en manos de los investigadores Ernst Boris Chain y Howard Walter Froley, quienes con ayuda del químico Norman Heatley comenzaron en 1938 una serie de investigaciones en el Instituto de Patología de Oxford que buscaban comprender más a fondo el funcionamiento de la penicilina.

Sus éxitos iniciales pronto se toparon con una barrera infranqueable: la cepa penicilum notatum apenas les permitía la extracción de suficiente cantidad para experimentar en ratones. Como si no fuera suficiente con esto, el estallido de la Segunda Guerra Mundial los obligaría a viajar a Estados Unidos y le daría un tono mucho más urgente a su investigación.

En este país, los investigadores lograron mejorar un poco la producción de penicilina. Descubrieron que algunas variedades de hongo sintetizaban mayores cantidades de la milagrosa sustancia, pero por meses no fueron capaces de encontrar uno que les permitiera en verdad superar las barreras a la producción.

El melón

En junio de 1943 (casi dos años después de su llegada a los Estados Unidos) una de las asistentes del laboratorio, llamada Mary Hunt, se encontró con un melón mohoso en uno de los mercados de la ciudad. Decidió llevarlo al laboratorio para ponerlo a prueba, una decisión que salvaría la vida de millones de personas.

Resultó que la cepa del melón, penicilum chrysogeym, era unas 200 veces más productiva que las mejores cepas de penicilum notatum. Lo que es más interesante, usando radiación se impulsaron mutaciones que lo volvieron hasta 1.000 veces más productivo. El descubrimiento permitió la aparición de la penicilina a escala industrial, que tendría un papel fundamental en la Guerra y en la medicina de la segunda mitad del siglo XX.

Y así fue como un melón (o bien, el acto azaroso de encontrar un melón dañado) terminó por salvar millones de vidas.

Imagen: peoriahistoricalsociety.org

Penicilina, o de cómo un melón sirvió para salvar millones de vidas
28 febrero, 2017


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