Marruecos: Una historia marcada por el bandidismo

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La costumbre del robo

Desde que Marruecos era un montón de tribus inconexas, el peligro asechaba desde las profundidades de su territorio. La falta de un estado fuerte y organizador de la sociedad, hizo que los ladrones hicieran su vida a costa de los otros.

Desde el Mediterráneo se conocía bien la ruta para ir a Tierra Santa desde África. Necesariamente debían partir desde Ceuta en el Estrecho de Gibraltar y seguir los caminos inundados de delincuentes que no tenían ninguna ley de control.

Como lo mencionamos en el artículo “El Robín Hood del Rin: Alí Seis Dedos, el antiguo país Yebala ubicado entre el Rif y la cordillera Atlas, tenía una extensa llanura montañosa dedicada exclusivamente a la agricultura mediterránea y a la ganadería.

Es por eso que la mayoría de los criminales se dedicaban al robo de ganado y al saqueo de caravanas oficiales. Las personas inusualmente salían ilesas de estas correrías, pues los criminales iban armados hasta los dientes y a caballo.

En el siglo XVIII antes de la llegada de las tropas francesas, los sultanes tenían la tolerancia de soportar a este bandidismo organizado conocido como “bandas yebalíes”. Era tanta la tolerancia en la época precolonial que el máximo castigo era una enorme multa cuando ya era mucho el pillaje.

Organización de las bandas

Hoy en día podemos apreciar que en nuestros barrios latinoamericanos los ladrones trabajan en carteles y grupos de pandilleros con un líder inteligente. Por ejemplo el cartel de los ladrones de carros en Bogotá tiene ensuciada media ciudad, porque la corrupción alcanza niveles muy altos.

Así mismo pasaba en Marruecos. Los “carteles” yebalíes tenían comprado al sultán y cuando las personas se quejaban mucho le daban su “mordida”. Fue hasta la intervención francesa cuando no hubo más tolerancia hacia ellos.

Las bandas estaban organizadas con un hombre inteligente y con influencia. Una especie de líder mafioso llamado “kamman”. Este personaje tenía buenas relaciones con sus vecinos y enviaba regalos a los administradores estatales.

Vivía muy bien en una casa que podía ser de dos pisos (un lujo para la época), donde escondía las mercancías robadas. Él era el encargado de sus proyectos de pillaje: organizaba, concebía y dirigía. Nunca se ensuciaba las manos.

Las ubicaciones de las casas del kamman usualmente estaban en territorio intermedio de dos tribus. Pues sus bandidos debían llegar sin ser vistos y nadie debía saber de dónde llegaban.

Allí convivía toda la banda con cierta familiaridad. Tomaban y jugaban por horas sin ser vistos por nadie, además el lugar tenía que ser muy transitado para que los animales no aullaran o ladraran. Estaban siempre bien escondidos.

La cordialidad entre los miembros era muy necesaria. El grupo funcionaba como una logia secreta donde tenían cuartos para el té y otros cuartos donde planeaban sus artimañas. Cuando los ladrones hacían un asalto debían volver al mismo lugar.

Las tomas de pueblos y otros robos

El robo más fuerte era cuando tomaban una ciudad o un poblado. En ese momento podían organizar partidas de 20 a 30 ladrones, de los cuales la mitad iba a caballo. Rodeaban la ciudad y entraban disparando, mientras que diez jinetes se quedaban alrededor.

Los ladrones mataban a los hombres que se cruzaban y dejaban que las mujeres y los niños escaparan. Buscaban robar los bancos de dinero y los objetos más suntuosos de cada casa. Si algún ladrón moría debía ser llevado por alguno de los jinetes que cuidaba la retaguardia.

Además tenían una gran inteligencia logística, pues sabían llegar rápidamente y escapar con las manos llenas de dinero y objetos suntuosos. Nadie se quedaba sin nada en sus brazos y así mismo, debían volver al refugio.

La división del botín que se hacía en la casa del kamman era así: se pasaba dos días luego del asalto comiendo y tomando, al final se le daba la mitad a los kamman y el resto se le daba a los bandidos. Dos partes para los hombres de caballo y una para los de a pie.

Esta repartición desigual obedecía a que el líder tenía que tener poder real sobre todos sus miembros. La obediencia debía ser total y el reconocimiento de sus ladrones único. Además no se podía dejar la banda en manos de cualquiera que no tuviera astucia.

Las armas utilizadas eran pistolas de mecha y a veces llevaban largas espadas y puñales. También podían tener porras para golpear o simplemente piedras. Iban cubiertos para no ser reconocidos y siempre se presentaban en grupos, era muy normal ser asaltado, reitero.

Los asaltos solían ser pacíficos pero los ladrones no escatimaban en matar si encontraban resistencia. Eran muy aceptados por toda la población por el miedo que generaban. No hay fuentes de que estos grupos ayudaran a ningún campesino, ni a personas pobres.

La idea de que los ladrones ayudaran a los pobres con dinero es algo que ocurría muy poco. La mayoría robaba y se gastaba su fortuna en vicios y comida. Hasta la ropa robaban y sólo les dejaban un trozo de comida. Nada más.

Es interesante hacer la relación de estos bandidos africanos con el nacimiento de las mafias, pues las organizaciones criminales siempre han tenido un funcionamiento con raíces históricas que se basan en la jerarquía y la violencia.

 Bibliografía:

  1. Montgomery David. Bandidismo en el Islam. Barcelona, Ed. Anthopos, 2006.
  2. Montgomery David. Hombres de tribu musulmanes en un mundo cambiante: bereberes de Marruecos y pujtunes de Pakistán. Universidad de Granada, CIE, 2002.

Imágenes: 1: pinterest.com, 2: todocoleccion.net, 3: artelista.com

Marruecos: Una historia marcada por el bandidismo
8 febrero, 2018
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