LOS NIÑOS ASESINOS, por Pepi Nubeazul. Cuentos y relatos de terror

Relatos de terror

Cuentos y relatos de terror pertenecientes al concurso La fiesta de Orfeo.

Relato nº4

LOS NIÑOS ASESINOS, por Pepi Nubeazul

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Lentamente comenzó a empujar la tapa de madera hacia arriba, después de estar dos días allí escondida, su cuerpo está entumecido, el ruido de las hojas secas al deslizarse, le suena atronador. Su corazón palpita tan fuerte, que teme que su ruido la delate.  Cuando ya puede mirar, el olor nauseabundo que ha soportado todo el día, ahora le llega más fuerte, mira hacia la derecha, allí cerca de donde ella se oculta hay un cadáver, a la luz de la luna ve que ya se está descomponiendo, el olor se hace insoportable. Poco a poco sale de su escondite, se tiene que arrastrar, primero porque a ras del suelo es más difícil que la descubran, y segundo porque sus piernas apenas le  responden.

Está en medio de un descampado, sabe que no es seguro, además hay luna, pero durante todo el día escuchó los gritos y algarabías  de los niños, ahora deben de estar durmiendo, si logra llegar al río, entonces estará segura, pero tiene que llegar antes de que amanezca. Les escuchó hablar de que en el pueblo ya no quedaban adultos vivos, que lo mejor era ir a buscar otro lugar para empezar una nueva matanza.  Sabe que la nombran con frecuencia, ninguno recuerda haber matado a la maestra, pero entre tantos muertos, ni ellos mismos están seguros de nada. Se sigue arrastrando, un crujir de ramas secas la deja paralizada, se vuelve despacio, y ve a una enorme rata que mordisquea un cadáver. Quiere respirar hondo, pero el olor es cada vez más fuerte, todo está sembrado de muertos, ya descompuestos.

Aquella mañana  fue normal,  hasta que se produjo aquel destello de luz que la dejó ciega por unos instantes mientras iba al colegio.  Todos en el pueblo lo vieron y lo comentaron. Pensaron en un relámpago, pero el cielo estaba completamente azul.  Después al comenzar la clase se olvidó de todo, hasta que escuchó los gritos en la calle. Recordó cómo se asomó a la ventana, y vio a uno de los gemelos Ferguson (que precisamente hacía dos días que faltaban a clase por culpa del sarampión) disparar varias veces a su madre con un viejo rifle, ésta cayó al suelo con una cara de horror que no olvidaría nunca, al momento su hermano gemelo, la remataba golpeándole la cabeza con un palo de béisbol, todo ocurrió tan rápido, que cuando se quiso dar cuenta sus alumnos abandonaban la clase dando gritos como locos.

Ella se mantuvo como petrificada  tras el cristal, desde allí vio, como sus alumnos atacaban con piedras o palos a todos los adultos que se acercaban a prestar ayuda. Su amigo y compañero de clase salió a la calle gritando:

-¿Pero os habéis vuelto locos? –

No pudo decir nada más, los niños se volvieron hacía él y gritaron:

-A por él, vamos a destrozarlo-

Los niños, sus propios alumnos, pequeños de entre ocho y diez años, se abalanzaron sobre el profesor y empezaron a golpearlo con tal saña que ella se tuvo que retirar de la ventana. Por un momento no supo que hacer, entonces fue a la parte de atrás de la escuela, la vieja puerta trasera se encontraba entreabierta, se asomó y no vio a nadie, la escuela se encontraba al final del pueblo. Entonces empezó a correr sin parar, hasta que llegó a los viejos álamos, se ocultó detrás de ellos y  comprobó que nadie la había seguido. Continuó corriendo y atravesó el campo de maíz de la señora Nichols, se acordó de ella y se acercó a su casa para avisarle de lo que ocurría, tocó varias veces,  pero no estaba. La puerta como siempre, se podía abrir, entró hasta la cocina,  sobre la mesa había un  pastel, aún caliente, un plato con frutas y una jarra de agua. Sin pensarlo mucho, cogió un paño de cocina, puso la fruta y el bizcocho y lo ató. También se llevó la jarra de agua, gracias a eso pudo resistir en su escondrijo. Cuando salió del campo de maíz, empezaba el descampado antes de llegar al río. Mientras huía se acordó de cuando la señora Nichols le enseñó el lugar  donde su marido guardaba el whisky que él mismo destilaba cuando la ley seca.  Se acercó y moviendo la hojarasca lo descubrió, levantó muy poco la tapa y se deslizó dentro, soltó  la comida y con la mano por fuera,  procuró tirar hojas  sobre la tapa. Allí permaneció sin moverse, al rato escuchó como los gritos se sentían más cerca, así como la risa endiablada de los niños. Por la tarde reconoció la voz de la señora Nichols pidiendo auxilio, también sintió como la mataban a golpes. En total oscuridad y muerta de miedo permaneció dos días.

No sabía con certeza lo que pasó, pero tuvo que ver con aquella luz cegadora, los niños fueron poseídos de una  fuerza diabólica que los convirtió en asesinos.

Ahora ella intentaba escapar de esos niños, si llegaba al río estaba salvada, bajo unos arbustos conservaba la vieja barca de su padre, Continuó arrastrándose, el olor a podrido se estaba quedando atrás. De pronto se dio cuenta del reflejo de la  luna en el agua, ya estaba muy cerca, de desvió un poco, siempre a rastras, por fin llegó a la barca, sin quitar las ramas la empujó hacia el río. La encontró más pesada que otras veces, pero ella estaba muy débil.   Cuando sintió el agua bajo sus pies, se introdujo en la barca al tiempo que le quitaba las ramas.

Lo último que vieron sus ojos fue a los gemelos Ferguson, cada uno con un hacha dejándola caer con fuerza sobre su cabeza.

LOS NIÑOS ASESINOS, por Pepi Nubeazul. Cuentos y relatos de terror
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