La Miseria de los Desastres; Testimonios Angustiantes del Terremoto de México, 1985

Desastres

Terremoto con hipocentro superficial

Un jueves la Ciudad de México se levantaría angustiada por un golpazo terrenal que removió el suelo en un puntilleo desastroso, ocasionando más de 20.000 víctimas y un millón de damnificados. Pero lo más terrible fue la sensación de vivir un día anterior con normalidad, como si no pasara nada. Y así las personas que usualmente estaban en su sala viendo la tele, otros en las esquinas comiendo tacos y gorditas, quizá algunos delinquiendo por ahí y otros cansándose de la rutina de siempre, no esperaban que el cielo se vistiera de tormentas metafísicas y devastara la ciudad en menos de un minuto.

La fuerte magnitud de 8.1 sacudió hasta el corazón del presidente de turno que tenía México en ese momento, un tal Miguel de la Madrid, hombre insensato y lleno de odio contra la ayuda humanitaria, al fin fue la misma gente la que tuvo que recoger lo que hizo Dios y eso sí, ayudar al prójimo como corresponde.

El sacudón se lo llevó todo para muchos, casas, edificios y hasta la basura de la calle sintió el revoloteo de las placas terrestres que les dio por moverse ese 19 de Septiembre a las 7:19 am. Luego de una hora sólo había cadáveres, huérfanos y una profunda miseria en el corazón de todos. No podían esperar que el subsuelo hubiese sido tan tétrico con esa gente que parecía no hacerle mal a nadie.

Desastres de edificios y casas

Los únicos que no murieron fueron los constructores de los nuevos apartamentos de interés social. La caída que no tenía nada que envidiarle a una fila de dominó, trajo muchas víctimas que horrorizadas salían a la calle con un tinte de desgracia e impedidos de entender lo que había sucedido. Porque realmente si un día estás en tu casa, viviendo de lo lindo, intentando solamente distraerte en las cosas más superficiales, no esperas que al otro día se te acabe el cuento. Aún así, en la capital mexicana la devastación se llevó no solo las esperanzas de vivir, sino trajo algo nuevo, un porqué. De pronto por ello, el pueblo mexicano pudo salir rápido de ese sinsabor macabro. Los días siguientes ayudaron a todo aquel que lo necesitaban. Los rescatistas se multiplicaron por cien.

Aunque desgraciadamente se derrumbaron los edificios hospitalarios más grandes y que auxiliaban más del 30% de la capacidad hospitalaria total en toda la ciudad, los rescates se hicieron más amplios por esa ayuda que no se ve a diario en la gente. Los muchachos iban por sus palas y picas a romper el hierro fundido, a pesar de estos esfuerzos mucha gente murió en condiciones horribles.

Pero el metro construido en los sesentas no sufrió nada. Sólo dos estaciones sufrieron colapsos, pero todas las líneas siguieron intactas. La verdad el que peor lo pagó fue el centro histórico, este lugar vio destruida sus casas y mucha gente pobre murió en los días que siguieron al desastre.

El mayor dilema fue la recuperación de escuelas que se desmoronaron mataron a los niños que habían entrado 15 minutos antes a clase, hasta una película llamada “El niño y el Papa” hicieron para retratar las miserias y el corte trasversal de la vida de todos estos sujetos que vivieron la catástrofe más grande de la década, en lo que concierne a terremotos.

Testimonios personales de los sobrevivientes

En una ciudad de 30 millones de personas o más, obviamente tenía que haber muchas víctimas, gracias a ello, muchos lograron sobrevivir. Existen casos de sujetos que salían desnudos a la calle abrazando a sus hijos y sobrinos, también vemos otros sujetos que se salvaron en los triángulos de la vida. Y muchos otros se salvaron por segundos pero tuvieron que soportar los angustiantes gritos de aquella gente que moría lentamente.

Nunca veremos en los medios de comunicación oficiales testimonios como el de doña Lilia Xolocotzi de 29 años. La entrevistada contó cómo tuvo que sujetarse a un hilo de la vida por medio de gritos atenuantes por dos días enteros. La desgracia de salir a los corredores de la escuela en la que trabajaba como maestra estaba llena de cadáveres de niños muertos y cuenta que una maestra decapitada, daba gritos de dolor en la segunda noche que vivió en ese recinto oscuro, bajo metros de concreto y acero. Los salones traían imágenes de desgracia horribles y el tiempo se pasaba lento. Dice que en esa época no tenía hijos pero no sabía cómo la catástrofe había atacado su familia, el destino estuvo a su lado, pues sus familiares no sufrieron ni un rasguño.

Casos como estos nos traen detalles espeluznantes, como fantasmas que quedaron vagando en las calles de Reforma (la principal calle de la ciudad) o de Tlatelolco, pero el peor desastre fueron los locos que surgieron después de ese día al ver que nada tenía sentido. Sólo algunos medios clandestinos daban cuenta de este fenómeno, pero  fueron cerrados por la policía secreta y también se llevaron la mayoría de los informes angustiantes como el de la Señora Lilia.

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La Miseria de los Desastres; Testimonios Angustiantes del Terremoto de México, 1985
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