La historia oculta detrás de Amenhotep III

El poderoso clero de Amón

El Imperio egipcio tuvo que pasar por varias etapas para crecer en magnificencia y esplendor. Cada una vio la consolidación de una cultura teocrática que estableció a los sacerdotes en la parte más alta de la pirámide social, junto a los propios faraones.

En algún momento fue necesario que eso pasara así. El faraón Tutmosis III, el gran forjador del imperio, fue el dador de poder a la religión amoniana. La adoración a Amón, se benefició de recursos de los tributos y así, muchos monumentos y templos se construyeron en su nombre. Pero los faraones cada vez más, tenían un papel decorativo en la sociedad. Como hijos de los dioses, los sacerdotes prohibían a los monarcas ser vistos por el pueblo e incluso se ocupaban de cuidarlos y vigilarlos.

Esta situación no duraría mucho tiempo. Los faraones tenían un enorme poder sobre los súbditos, por lo cual empezó una directa rivalidad con los sacerdotes. Tutmosis IV, fue el faraón que buscó el primer deslinde (claramente de manera muy sutil para no ocasionar una revolución).

Fue el padre de Amenhotep III y además el que emprendió una alternativa contra los seguidores de Amón. Bifurcó la religión, atrayendo un dios olvidado, Atón. Este dios fue traído para contraponer al poderoso sacerdocio, pero nunca en una lucha directa.

El faraón y luego su hijo, comenzaron una lucha para imponer a Atón: construyeron una nueva ciudad en el desierto de Malqata, ubicado en la orilla occidental del Nilo; edificaron un palacio de recreo en el oasis del Fayum y se alejaron lo que más pudieron de Tebas.

Al morir su padre, la lucha de Amenhotep III se concentró en la construcción real de su tumba en un lugar apartado del Valle de los Reyes, una polémica manera de rechazar al dios Amón y congregarse con Atón.

El faraón renovador

Amenhotep III, hijo de Tutmosis IV y de la princesa Mutemiya, nace aproximadamente en el año 1402 a.C., durante la XVIII Dinastía. Ya para entonces Egipto era una potencia mundial: su territorio contemplaba Palestina y tenía frontera con Mitanni y Mesopotamia.

Al sur, el nomo de Elefantina era la frontera contra los nubios. Mientras que en el mar, las alianzas comerciales con varios pueblos anteriores a los egipcios ayudaba a Egipto ser el centro de una basta red de estados de las más variadas índoles.

A los 12 años fue elegido faraón y desde ahí tuvo que regir amarrado a los sacerdotes de Amón, hasta que alcanzó cierta edad adulta y pudo hacerse de tres grandes compañías: su mujer Tiy, el visir del Alto Egipto, Ramose y su arquitecto tocayo, hijo de Hapu.

Ellos le ayudaron para que fuera independiente. Logró construir un enorme templo en honor a Atón en Karnak, con el fin de quitarle un poco del inmenso poder que tenían los amonianos; esta lucha fue más política que religiosa.

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Su gran poder empezó a ser evidente en sus grandes conquistas. Si internamente fue estratega, como defensor de su imperio fue un gran estadista. En las tierras al sur, en Nubia, lo que en esa época llamaban Kush, una insurrección amenazaba la frontera. El faraón envió una gran expedición a este país, mucho más abajo de Elefantina. El ejército atravesó cuatro de las cinco cataratas hasta llegar a Kurgus.

La guerra dejó más de mil muertos. La gente de Kush fue anexionada como tributarios de los egipcios, atrayendo más arcas de riquezas para la construcción de monumentos y solucionar problemas de inundación en algunas partes del Nilo.

Gracias a sus súbditos arquitectos, pudo hacer grande su nombre con propaganda. Por medio de escarabeos (amuletos con forma de escarabajo pelotero) llevaba las grandes magnificencias del emperador. No sabemos cuanto tendrá de cierto, pero se anuncian en estos hermosos amuletos, la cacería de 100 leones por mano propia. Además se menciona en varias ocasiones el número de mujeres de Mitanni que pertenecían a su harén.

Dos de sus hijas, Satamón e Isis, fueron también sus esposas con el expreso consentimiento de su madre, Tiy. Por eso y otras cosas sabemos que fue la faraona Tay la que fortaleció la reforma religiosa que completaría su hijo Amenhotep IV.

Los colosos de Memnón

Lo más impresionante durante el mandato de Amenhotep III fue las grandes construcciones que sobresalen por su belleza y grandeza. Varios egiptólogos señalan que aquí comienza el cenit de Egipto, su etapa de esplendor total.

En su gran templo funerario, el faraón mandó construir dos grandes colosos de 18 metros de altura. Estas estatuas del propio faraón tienen inscripciones en honor al dios Atón y agradecimientos a su madre y a Tay.

Sus enfermizas ganas por inmortalizarse en estatuas o monumentos llevaron a que incluso en las más duras rocas de todo el territorio egipcio, en las mismas tierras de Nubia, su imagen fuera tallada (muchas veces acompañado de su esposa e hijas). El faraón prefería mucho las compañías femeninas.

Esto es lo poco que conocemos respecto a uno de los más grandes faraones egipcios. Seguramente no hizo pirámides tan grandes como la de Giza, pero su fortaleza reside en ser promotor de la revolución religiosa que cambiaría a Egipto para siempre.

Bibliografía:

  1. Estrada, Fernando. “El apogeo de la civilización egipcia”. En: Historia National Geographic. N.º 2, 2007.
  2. http://www.bbc.co.uk/history/historic_figures/amenhotep_iii.shtml

Imágenes: 1: youtube.com, 2: discoveringegypt.com, 3: wikipedia.org

La historia oculta detrás de Amenhotep III
31 octubre, 2018