LA CIUDAD PERDIDA, por Mad el Mago. Cuentos y relatos de terror

Relatos de terror

Cuentos y relatos de terror pertenecientes al concurso La fiesta de Orfeo.

Relato nº11

LA CIUDAD PERDIDA, por Mad el Mago

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Tras veinte horas de viajes, el científico Carlos Barea llegaba al último campamento civilizado antes de adentrarse en las oscuras selvas del Congo; acompañado de una multitud de hombres y aparatos revolucionó el pequeño poblado, acalorado, cansado y con ganas de empezar la investigación, no se percató de la llegada del científico Alex Train de la Universidad de Minesota.

–         Bienvenido, dijo una voz femenina en un castellano perfecto.

Carlos levantó la mirada y ante sí encontró a una joven mujer, de unos 30 años de edad, con una larga cabellera rubia recogida bajo un sombrero australiano, esbelta y con una sonrisa que le cautivó. El español sintió empequeñecer ante tal portento de la naturaleza y apenas balbuceó un hola que se apagó en su garganta.

La joven, acostumbrada a esas reacciones, tomó la iniciativa, se presentó como Alexandra Train,  y le acompañó hasta la estancia donde podría descansar y asearse.

El olor a café hizo que abriera los ojos, notó un vacío en su estómago que le recordaba las largas horas sin ingerir nada. Salió de la estancia y allí estaba la joven rubia, ahora con el pelo húmedo y suelto, el sol ya llevaba un par de hora calentando, le ofrecía una taza de café y un plato con pan y aceite rebozado con una preciosa sonrisa.

Departieron durante el desayuno y la doctora le avanzó los pros y los contras de la misión que pretendían hacer, así como de los hallazgos y avances que había logrado.

Quedaron en que al día siguiente partirían hacia el centro de aquella inhóspita selva para  encontrar esa especie nueva de monos, que según todos los indicios eran caníbales y asesinos debido a unos experimentos hechos en los años 60.

Durante todo el día, Barea estuvo contemplando la capacidad y experiencia de su joven colega para dirigir y comunicarse con los indígenas, a veces se abstraía en la belleza de aquellas curvas y su mente recorría aquel cuerpo que levantaba deseos que no recordaba desde hacía tiempo.

Aún no había amanecido, la selva amplificaba los sonidos que en ella se emitían y apenas se oían las ordenes que se les daba a los porteadores, un total de cincuenta hombres estaban amontonados; con un fardo a su lado; prestos a encaminarse hacia lo desconocido.

El ruido salvaje de la selva,  por décimas de segundos, fue apagado por el ensordecedor sonido de un silbato. Los primeros rayos de sol apuntaban entre la maleza y hacia ellos empezaron a caminar en fila india la caravana humana.

Al medio día habrían avanzado unos cinco kilómetros entre la espesura, la marcha era lenta y pesada, El profesor Barea se deleitaba al contemplar los cientos de especies que veía y grababa todo a su alrededor para un posterior análisis.

Alex junto a Bambua, un impresionante mandingo, que servía de enlace entre los blancos y el resto, decidieron acampar en un pequeño altozano. La noche fue corta y casi nadie pegó ojo con aquellos ensordecedores gritos de los animales nocturnos.

Aún no eran las doce, cuando un porteador comenzó a gritar. Bambua se dirigió corriendo hasta su posición y tras hablar con el muchacho, se dirigió a paso veloz hasta la rubia de ojos celeste.

-Quince porteadores han desaparecido, al parecer han desertado.

La comitiva estaba nerviosa, todos recelaban de sus compañeros, la noche se hizo esperar aquel día.

Al amanecer un grito desgarrador despertó a todos; sobre un tronco aparecieron los restos destrozados de tres de los porteadores que habían desertado la noche anterior.

El miedo se apoderó de todos, el mandingo se tuvo que emplear a fondo para que siguieran la marcha, aún así, la mitad se negó en rotundo en seguir  y dejaron el grupo.

Al finalizar aquel día, descubrimos entre la espesura, la ciudad perdida.

Era increíble, abandonada e invadida por la vegetación, aún conservaba sus estructuras intactas. Paseando entre sus ruinas, la doctora Train y el profesor Barea no daban crédito a sus ojos, el español grababa todo a su alrededor con su videocámara; En la plaza central del pueblo los hombres estaban instalando el campamento. De pronto algo se movió entre los huecos de unos ventanales.

La Americana no se había percatado, pero Carlos no dudó en rebobinar la cinta,  y allí estaba, no se apreciaba bien que animal era, de casi un metro de altura, oscuro, bípedo y muy, muy ágil.

Hasta bien entrada la noche estuvieron la doctora y el profesor analizando aquella turbia imagen y especulando si se trataría del mono caníbal o cualquier otra especie.

Unos terribles gritos rompieron la noche, el profesor se despertó sobresaltado, encendió su linterna de campaña y aún no se había levantado del saco cuando la doctora irrumpió en su caseta.

–         Vamos Carlos, nos atacan coja su arma y refugiémonos.

Alex iba vestida con un pantalón corto, descalza y una camiseta de tirantas blanca que dejaba transparentar unos enormes pechos coronados con unos pezones erguidos.

El profesor se asombró de su lascivia en esos momentos de pánico, no lo dudó y se levantó.

El campamento estaba lleno de pequeños seres, se movían con agilidad y atacaban en manadas a los pocos hombres que quedaban en pie. La doctora se abrió paso disparando con su revolver, el español la seguía y disparaba al bulto sin saber muy bien cual era su objetivo.

Subieron una escalinata y se refugiaron tras una columna. El miedo se reflejaba en sus rostros. ¿Qué animales eran aquellos que los habían atacado?

-Mire, susurró la Americana al profesor, ¡Es un niño!

Efectivamente, un niño de unos 12 años, desnudo y sonriendo subía muy despacio las escaleras.

–         Ven, ven, gritó en voz baja la doctora.

Cuando la criatura llegó a su lado se dejó abrazar por la imponente rubia, esta solo pudo proferir un grito de dolor al sentir los afilados dientes en su cuello. Un borbotón de sangre salpicó su blanca camiseta, la joven apartó de un empujón al chico y se taponó como pudo la herida.

Segundos después, cinco niños la mordían por todo su cuerpo en una orgía de dolor, sangre y gritos de estertor.

Ni un ápice se había movido el doctor, de pronto, de entre todas aquellas sombras unos pequeños ojos y una sonrisa burlona se abalanzaba hacia él.

–         ¡Noooooooo!  Gritó.

–         Perdone, dijo la azafata azorada por el violento despertar del hombre, vamos a aterrizar en el Congo, por favor, póngase el cinturón.

LA CIUDAD PERDIDA, por Mad el Mago. Cuentos y relatos de terror
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