Isaac Newton, el alquimista

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Un científico misterioso

Al igual que el misterioso Heráclito, filósofo griego que se suicidó en el volcán Etna y que es conocido por su postulado: “nadie se baña dos veces en el mismo río”, así Isaac Newton, el inventor del cálculo, el descubridor de las propiedades del espectro de la luz, el formulador de las leyes universales de la gravedad y el creador de variables importantes que son utilizadas actualmente en los viajes espaciales, también tuvo una parte misteriosa.

Entre sus manuscritos se ha descubierto innumerables textos que comprueban el acercamiento que el científico inglés tuvo con la alquimia. Desde los pensamientos de su ayudante Humphey Newton que describen la vida de Isaac y reconoce los vicios alquímicos de su maestro, así como su dedicación a la investigación astronómica, física y matemática, tan grande que no le dio tiempo para hacer nada más con su propia vida, incluso se considera que llegó a los 85 años virgen, sin vivir con mujer alguna, pues casarse para él era una pérdida de tiempo.

También se reconoce de este famoso personaje el rencor que a lo largo de su vida tuvo contra muchos de los integrantes de los círculos sociales científicos, esto se observa principalmente en sus pensamientos, especialmente contra Robert Hooke con quien tuvo una disputa. Se dice que cuando Hooke era el director de la Royal Society, Newton le plagió unos argumentos de óptica, a lo que el famoso inglés reaccionó diciendo que su trabajo era más profundo y que los descubrimientos que clamaba no le pertenecían. Luego tuvo otra disputa con Hooke cuando salió su famoso libro Principia, donde Hooke decía que muchas de las ideas sobre la gravedad Newton se las había plagiado. Su personalidad asocial lo hizo uno de los hombres más solitarios y detestados, pero también lo volvió más reflexivo.

La transmutación alquimista

Como no era permitido hacer investigaciones alquímicas en el siglo XVII por el peso religioso, Newton al igual que muchos otros científicos, hicieron sus experimentaciones en la total clandestinidad. Ayudado por los principios alquimistas de Nicolas Flamel y las pociones de Paracelso, convertir en oro otros elementos conocidos también se volvió un anhelo del inglés.

Para la época, la alquimia giraba en dos ejes. Encontrar el “elixir de la vida” construyendo la piedra filosofal y transmutar los metales pesados al oro. Es el segundo eje donde se enfocaría Newton, haciendo experimentos con el plomo y el mercurio, pues la amalgama buscaba separar del plomo características básicas para la fabricación del oro, metal considerado uno de los más perfectos y de eximio valor. Como consecuencia, casi al final de su vida tendría un accidente con el mercurio.

Aún así reconocía el valor de la piedra filosofal, en ella confluía la perfección para la vida eterna y era conocida la necesidad de transmutar para llegar a crear el sueño científico de la antigüedad. Este conocimiento se hace evidente en los libros prohibidos que leyó de Arthefio sobre la alquimia griega y el Theatrum Chemicum de Elias Ashmoe, obra clave que tenían que leer todos los alquimistas para comprender como las piedras llegaban a tener una sustancia única y reconocible solo por la observación.

Una vida dedicada a conocer una piedra

Como Gastón Bachelard, gran trabajador de las concepciones de las piedras para los antiguos alquimistas (buscando descifrar lo que ellas significaban para los hombres de su época), nos recuerda en “La tierra y los ensueños de la voluntad”, que el humano al trabajar una piedra o algún mineral y para darle cierta forma, tiene que golpearla, tiene que generar violencia para que ella cambie.

Así mismo el humano tiene la capacidad de cambiar a través de los fuertes golpes, por ello los alquimistas consideraban que las piedras tenían ciertas esencias que llevábamos también los humanos. Por ejemplo la sangre viene oculta en el rubí por su color rojo intenso y su forma lisa que recuerda cuando este líquido se encuentra derramado. Así se podía crear toda una teoría sobre la imaginación de la piedra y con estos conocimientos agregados se iba formulando que elementos debía llevar la famosa “piedra filosofal”.

Transmutar el oro era la actividad principal. Hacer que los elementos duros como hierro, cobre, plomo, entre otros, sirvieran para convertirse en oro partía de la creencia religiosa de que todos hacemos parte de la misma materia, así que la piedra filosofal debía contener un oro puro sacado de los otros elementos.

Para ser más exactos, lo que buscaban personas como Newton era la esencia de la existencia en una partícula infinitamente diminuta, pero fue hasta el siglo XX que se habría de descubrir, antes, sólo por medio del trabajo de amalgamación de estas sustancias se llegaba a tener cierta idea, además que las concepciones filosóficas de cada elemento con el que se trabajaba, quitaban objetividad a esta práctica. Aunque se puede creer que la avanzada edad a la que llegó Newton se debe a que pudo haber descubierto algún principio alquímico que le cuidara su vida. En esta época no era común que las personas llegaran a viejos.

Humanizar la piedra fue a lo que se dedicó Newton y todos los alquimistas. Se creía que adentrándose en el conocimiento de la materia podía hallarse el todo. En el microcosmos de las piedras, se hallaba el macrocosmos que es el Universo, Newton hizo parte del círculo de alquimistas en la antigüedad y, como tal, dicha noción aparece (aunque de manera implícita) en muchos de sus trabajos.

Imágenes: 1: pijamasurf.com, 2: mysteryplanet.com.ar, 3: swagger.mx

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Bibliografía

El pensante (14 mayo, 2016). Isaac Newton, el alquimista. Bogotá: E-Cultura Group. Recuperado de https://www.elpensante.com/isaac-newton-el-alquimista/