Escritos en la lengua perdida: el Manuscrito de Voynich, parte 2

Historia, Libros, Ooparts y objetos extraños

Wilfrid M. Voynich

Terminamos el artículo pasado hablando de las pruebas de la autenticidad del Manuscrito de Voynich. ¿Cuáles son?

Las pruebas de la veracidad

Un auténtico manuscrito medieval

La prueba suprema, cómo no, es la famosa datación por Carbono 14 que permite calcular con un margen de décadas la antigüedad de cualquier tejido orgánico siempre y cuando este no pertenezca a una criatura que murió hace más de 50.000 años (cuando la cantidad se hace demasiado pequeña para tener una medición precisa). Cabe aclarar que no se mide la antigüedad del producto per se, únicamente el momento en el que murió el ser vivo del que se extrajo el producto. En el caso del manuscrito, lo que se obtiene es el año en el que murió el animal del que se extrajo el pergamino y que según las evidencias fue entre 1404 y 1438, según un análisis realizado en el 2009 por la Universidad de Arizona.

Así, si se tratase de una falsificación realizada por Voynich el hombre tendría que haberse molestado en conseguir legítimos pergaminos medievales para poder poner sobre ellos su creación. Pero incluso esta posibilidad fue dejada de lado por una investigación del Instituto de Investigación McCrone, de Chicago, que demostró que la tinta se puso en el pergamino no poco después de su fabricación.

Es decir, con respecto a esto no hay duda alguna. El documento es, en efecto, un manuscrito escrito en la Edad Media.

Un auténtico alfabeto para un auténtico lenguaje

¿No podría alguien, sencillamente, haber llenado el documento con símbolos sin ton ni son, con círculos con puntos y líneas entrecruzadas que parecieran un alfabeto? Es, a fin de cuentas, una probabilidad que vale la pena analizar.

Esto es algo sobre lo que los lingüistas siempre han estado bien atentos. Resulta que incluso si el autor usara “palabras” aleatorias en un alfabeto inventado con una cantidad limitada de símbolos, lo hizo con suficiente cuidado para cumplir la llamada “Ley de Zipf”, que puede usarse con cierta fiabilidad para ver si un idioma desconocido, escrito en un alfabeto o silabario, es un idioma legítimo.

La Ley de Zipf fue enunciada por George Kingsley Zipf, lingüista (cómo no) de la Universidad de Harvard, quien notó que en prácticamente todos los idiomas la segunda palabra más común se repetía la mitad de veces que la más común, la tercera, una tercera parte de las veces y así sucesivamente.

Obviamente la relación no es perfecta, sino aproximada, y la Ley es una Ley empírica, pero hasta el momento todos los lenguajes naturales la cumplen. Y también lo hace el Manuscrito de Voynich, escrito casi 5 siglos antes de que dicha ley fuera enunciada.

¿Y si fuera una lengua inventada?

Aunque no lo parezca, inventar un lenguaje no es tan difícil. Esta hipótesis, de hecho, es bastante plausible (de no ser por un factor que enunciaremos más adelante): una lengua inventada es la manera perfecta de proteger información para una sociedad secreta.

Teniendo en cuenta las semejanzas del libro con un documento alquímico, no resultaría nada descabellado pensar que alguna sociedad secreta habría construido una lengua para trasmitir estos conocimientos sin peligro alguno. No sería la primera vez que algo así se realiza: Tolkien mismo inventó, a principios del siglo pasado, varios idiomas, algunos de los cuales resultaban casi tan completos como las lenguas existentes. Y otros lenguajes (como el Klingon) se han convertido en verdaderos íconos de la ciencia ficción en los últimos años.

Pero de nuevo tenemos un problema: las lenguas artificiales no cumplen la Ley de Zipf a menos que hayan sido diseñadas para tal cosa. Y de nuevo, es poco probable que alguien se diera cuenta de tales minucias hace 5 siglos, menos si la intención era esconder información. ¿Qué más da que una lengua sea natural o no si el objetivo es esconder la información?

Entonces, ¿qué es el Manuscrito?

Recapitulemos. Estamos ante un libro desconocido, escrito en una lengua perdida que parece haber sido natural, es decir, desarrollada por una sociedad a lo largo de un considerable periodo de tiempo. Dicha lengua es por completo desconocida y está representada por un alfabeto que, a su vez, no ha sido visto nunca más.

Sabemos, gracias a los lingüistas, que se trata de un alfabeto real. El hecho de que nadie haya sido capaz de comprenderlo en un siglo indica también que no se trata de un lenguaje moderno encriptado, una probabilidad que hubiera sido bastante posible, pero que se habría resuelto en pocos años.

Lo que nos queda es un conjunto de posibilidades que no parecen tener mucho sentido. O bien se trata de una lengua perdida que no se conoce y de la que sólo queda un libro (algo bien improbable teniendo en cuenta que el libro es relativamente reciente), o bien es el engaño más elaborado del que tenemos constancia. Por aquello de que es imposible probar que se trate de un engaño nos iremos por la primera posibilidad.

No me molestaré en colocar aquí todas las teorías que hay en la red (que hablan desde un documento secreto realizado por Roger Bacon hasta un antiguo compendio que habla de la energía nuclear) sobre el manuscrito. Me atreveré a proponer una teoría personal: que la lengua, antes de ser olvidada, fuese adoptada por alguna sociedad secreta europea que la usaría entonces como su canal de comunicación. Es, considero, una de las poquísimas maneras de explicar este misterio.

Sobre qué dice el Manuscrito, no lo sé. Podemos hablar de todo tipo de cosas, desde un antiguo libro de Alquimia hasta un escrito sagrado, que espera el día en el que alguien digno pueda comprenderlo y obtenga, entonces, algún secreto perdido. En estos campos, todo es posible.

Ah, y como nota final las plantas que aparecen en el manuscrito (salvo dos dibujos) son ficticias o no han sido identificadas. Una buena manera de terminar el misterio, ¿no creen?

Parte 1

Fuente de imágenes: 1: upload.wikimedia.org, 2: bibliotecapleyades.net, 3: ciphermysteries.com

Escritos en la lengua perdida: el Manuscrito de Voynich, parte 2

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