El punto G, un mito según la ciencia.

Ciencia, Estudios y experimentos

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El punto G… imaginaciones tuyas

La letra G que da nombre al punto más famoso de la historia es una deuda con la inicial de su descubridor, el ginecólogo alemán Ernst Gräfenberg, que localizó esta zona especialmente erógena de la vagina femenina en el año 1950. Sin embargo, más de medio siglo después de su hallazgo, los científicos siguen sin ponerse de acuerdo sobre su existencia, y una investigación en la revista ‘Journal of Sexual Medicine’ (la ‘biblia’ de la sexología) acaba de añadir más leña al debate: ¿Y si fuese sólo un mito?

Para sintetizar la cuestión, podría decirse que existen dos corrientes de pensamiento mayoritarias en torno al punto G: aquélla que defiende que se trata de una región concreta y muy sensible de la anatomía genital femenina, situada en la pared frontal de la vagina (a unos 2-5 centímetros de la entrada); o bien la que sostiene que no existen suficientes evidencias (fisiológicas, anatómicas o biológicas) de su existencia, y que su papel en la sexualidad femenina se ha exagerado sin pruebas concluyentes.

En esta segunda línea puede enmarcarse la investigación dirigida en el University College de Londres (Reino Unido) por Timothy Spector, después de analizar a más de 1.800 mujeres de 18 a 83 años. Todas ellas eran parejas de gemelas genéticamente idénticas (monozigóticas) o bien dicigóticas, es decir, gemelas no idénticas fecundadas a partir de dos óvulos diferentes.

Teniendo en cuenta la similitud genética de las gemelas monozigóticas, los especialistas hipotetizaban que dichas hermanas deberían tener el punto G en el mismo sitio. “Si una de las gemelas idénticas respondía que sí, se esperaba que la otra, que tenía genes idénticos, también tuviera la zona erógena. Pero este patrón no se produjo”, señalan los autores de la investigación.

Además, sólo el 56% de las mujeres respondió afirmativamente, algo más frecuente en las mujeres menores de 40 años (63%) que en las mayores de 60 (53%); y también más habitual entre aquellas que se definían a sí mismas como “extrovertidas y abiertas a nuevas sensaciones”.

Esta discordancia es la que ha llevado a los investigadores a concluir que, “o bien no puede medirse el punto G a partir de las respuestas subjetivas de las propias mujeres, bien es una sensación más que un área específica o simplemente no existe”.

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Los científicos nos podrán quitar el punto G, pero no nos quitarán los buenos ratos que se pasan en su búsqueda. 🙂

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Posteado por Sinuhé

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Extracto de noticia publicada en diario el mundo.

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