EL MAL QUE SOJUZGA, por Neo. Cuentos y relatos de terror

Relatos de terror

Cuentos y relatos de terror pertenecientes al concurso La fiesta de Orfeo.

Relato nº 19

EL MAL QUE SOJUZGA, por Neo

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Era una aldea pequeña, más bien un caserío, donde todos se conocían desde siempre. La totalidad de los habitantes, religiosos devotos, se dedicaban a aplicar en sus días los mandatos del Libro Santo al pie de la letra, según su entender. Fuera de ello, sus actividades se circunscribían a las tareas rurales. Eran granjeros en su mayoría, carpinteros y herreros algunos otros.

La disciplina de la contención, de la mesura, de la vida simple, despojada de lujos y comodidades era la base de su sociedad con jerarquías estrictas y aceptadas por todos.

Los problemas que pudieran surgir se debatían, se hacían públicos, dejando la palabra final al consejo de ancianos, que dictaminaban según su experiencia y la fortaleza de las normas heredadas.

No se discutían los fundamentos. La obligación de someterse a las decisiones de los mayores ponía el límite indispensable para contener a los más jóvenes.

Las reglas eran severas, si se quiere, pero manifiestas y precisas. Nadie podía decir que no se habían sentado con claridad el deslinde de lo que era bien visto y de lo que, en cambio, no sería tolerado por la comunidad.

Entre sus costumbres más visibles y arraigadas estaba el evitar los colores intensos en el vestir. Sólo el negro, el azul, el gris y el blanco, con las moderadas excepciones de los pasteles que lograban diversificar levemente las opciones de las más jóvenes, quienes, desde siempre, gustan de destacar su individualidad con algún detalle de ornato en la vestimenta.

Entre los excesos no tolerados estaban el alcohol, por supuesto, la música estridente, las palabrotas, las risotadas exageradas, los modales impropios, los chismes, las miradas indecentes, el exhibicionismo, las lecturas inadecuadas, los juegos de azar, las contestaciones irreverentes, el desacato a la voluntad paterna, la desobediencia a las enseñanzas de los ancianos.

No se permitían las entretenciones banales. No utilizaban electricidad, ni tecnologías avanzadas, nada de químicos contaminantes en el ambiente rural de los alrededores. No se permitía abandonar el poblado sin el consentimiento de los mayores, menos aún mantener contacto prolongado con gente ajena a su comunidad.

Los niños se educaban en la pequeña escuela religiosa, bajo la estricta tutela del consejo de ancianos. Practicaban la lectura de la Biblia, matemática y escritura. Apenas nociones básicas de geografía y alguna leve incursión sobre los capítulos más destacados de la historia de la humanidad (artilugio éste que se utilizaba como excusa para destacar los males indeseados y el beneficio indiscutible de vivir dentro de los cánones de su sociedad armoniosa, justa y equilibrada)

El contacto con el exterior apenas se daba muy esporádicamente, cuando algunos de los más ancianos viajaban para algún encuentro con otras congregaciones dispersas en el basto territorio circundante.

Nada de los males ajenos los llegaba a afectar. Encerrados en su círculo de religiosidad y ascetismo conseguían evitar así los vicios que aquejan al resto de la humanidad. Desconocían los robos, los abusos, la violencia, la contaminación, la obscenidad, la decadencia de una sociedad que en nada se parecía a la que ellos habían conseguido establecer y sostener por varios siglos.

La gente vivía sin sobresaltos, sin improvisaciones, sin envidias ni banalidades que los alejaran del fundamento religioso de su congregación, sólida base fundamental que garantizaba la concordia entre los feligreses.

De más está decir que los matrimonios se celebraban exclusivamente entre los miembros de su comunidad. Debían asegurarse así la continuidad y la solidez de sus costumbres, garantía absoluta para evitar desviaciones que volcaran a los jóvenes hacia algún modernismo pernicioso y pecaminoso de los que afuera abundan y socavan las bases mismas de la sociedad. Para conseguir que la sacralidad del matrimonio no se alejara del valor fundamental que se establecen en las Escrituras, ningún matrimonio podía realizarse sin la anuencia del consejo de ancianos. Éstos, sabios, experimentados y temerosos de Dios, llegaron a la conclusión que la madurez de los hombres no se da en la misma edad de las mujeres, quienes, por el contrario, apenas salidas de la infancia ya están listas para asumir su devoto rol de esposa y madre asignada por Dios y la propia naturaleza femenina. Por este motivo los casamientos se acordaban entre muchachitas muy jóvenes con hombres que rondaban la edad de sus propios padres. Esta cualidad de los matrimonios garantizaba la solidez de los vínculos y el acatamiento total de las esposas respecto a la autoridad del marido, así se entendía que se reproducía fielmente el sometimiento del ser humano ante la voluntad divina.

Dentro de ese esquema de organización y equilibrio la comunidad estaba a salvo de las debilidades propias de la naturaleza humana, protegida de los excesos y las tentaciones, íntimamente comprometida con las reglas establecidas y con los valores fundamentales. No cabía en la cabeza de ninguno de los miembros pensar que las pautas aceptadas resultaran ser coercitivas o vejatorias. Todo lo contrario. Ellas se habían establecido para posibilitar la felicidad y la seguridad de todos los miembros y la comunidad entera debía velar por su observancia.

Nadie llega a explicarse, por lo tanto, cómo, de repente, sin que hubiese una señal que advirtiera lo que sobrevendría, todos los niños y adolescentes de esa comunidad tan pacífica y metódica, se levantaran un día (sojuzgados por algún maligno ente que los poseyera) y decidieran al unísono acabar con todos los adultos responsables, sin diferencia o preferencia de lazos, afectos, género, ocupación, indulgencia o merecimiento. Todos fueron muertos. Sin piedad. Sin remordimiento. Sin culpas. Sin consideraciones.

Sólo la existencia de un malvado poder oscuro que buscara pisotear el bien y la concordia, puede llegar a explicar semejante acto de barbarie. No fueron los niños, al fin, quienes asesinaron. Ha sido el mismo mal encarnado el que prendió el fuego infernal sobre aquellas almas abnegadas.

EL MAL QUE SOJUZGA, por Neo. Cuentos y relatos de terror
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