El incidente de Ako y la Leyenda de los 47 Ronin, parte 2

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Comienza la batalla. Arqueos ubicados en el techo

Oishi, como vimos, estaba completamente deshonrado. No sólo no había intentado vengar a su señor, sino que se había destruido como hombre. Su cuerpo, antaño bajo su entero control, era hoy hogar para el vicio y la podredumbre.

O al menos, eso parecía a los ojos del mundo.

Últimos preparativos

Por esta razón Kira, quien venía siguiendo al samurái desde muy cerca desde el momento en el que Asano cometió seppuku, decidió que los antiguos servidores de su enemigo ya no eran un peligro y que no valía la pena seguir gastando tanto en la seguridad de su hogar y su familia. Progresivamente comenzó a relajar la vigilancia y a sentirse más y más confiado.

Los hombres de Oishi, entretanto, avanzaban en sus proyectos. Muchos de ellos, disfrazados como monjes o mercaderes, incluso entraron a la casa de su enemigo y fueron capaces de evaluar sus defensas y su distribución. Uno (Kinemon Kanehide Okano) llegó tan lejos como casarse con la hija del constructor para así obtener acceso a los planos.

Entretanto, los supuestos mercaderes habían estado llevando armas a Edo (capital del Imperio y hogar de Kira) y escondiéndolas en las cercanías de la casa. Todo esto le era informado a Oishi en secreto mientras vivía en supuesta degeneración.

Dos años después de la muerte de su señor, Oishi consideró que todo estaba listo. Kira había caído en la trampa.

El asalto final

El catorceavo día del doceavo mes en el calendario japonés (o el 30 de enero de 1703 en el calendario cristiano) los 47 ronin se encontraron en Edo. Oishi había logrado escapar de sus espías sin que estos notaran su ausencia y se reunió con sus hombres en la capital imperial japonesa. Juntos, renovaron su juramento y se dispusieron a asaltar la casa de su enemigo.

De acuerdo con un plan muy cuidadoso, los hombres se dividieron en dos grupos: uno, dirigido por Oishi, atacaría la puerta frontal; otro, al mando de su hijo, atacaría la casa por detrás. Un tambor indicaría el momento del ataque y un silbido, previamente pactado, la captura o muerte de Kira.

El plan era llevar la cabeza de Kira a la tumba de Asano, donde le sería ofrecida como tributo. Después, los ronin se entregarían a la justicia y enfrentarían su inevitable condena a muerte. Esto era de poca importancia para ellos. Oishi, conocedor de las leyes del bushido (el código de honor samurái) indicó que además debían perdonar la vida a las personas indefensas, ya que de ordinario esto tampoco importaba y él no quería ser recordado como un asesino.

Curiosamente, lo primero que hicieron los samurái no fue atacar la casa, sino enviar mensajeros a los vecinos afirmando que se trataba de un acto contra Kira, de una venganza (katakiuchi) y que por lo tanto su vida y su propiedad estaban a salvo. Esto hizo que los vecinos (que por lo demás, parecían no simpatizar mucho con Kira) decidieran no intervenir en nada y dejar a los Ronin actuar como quisieran.

En el techo de la casa se colocaron arqueros, con el objetivo de matar a cualquiera que saliese de allí con el objetivo de pedir ayuda. Tras organizar este último detalle, sonaron los tambores del ataque.

El asalto

La mayor parte de los servidores de Kira dormía en los alrededores de la casa, por lo que fue muy fácil para los ronin ingresar al lugar. Solo 10 hombres guardaban la puerta delantera, pero no fueron capaces de detener a Oishi por mucho tiempo. Entretanto, Chikara ya había entrado por la puerta trasera.

Los dos grupos se encontraron en el hogar y organizaron, entonces, la defensa contra los atacantes que venían del exterior (quienes no dormían en la casa). No fue difícil derrotarles a ellos también. Cuando los hombres de Kira se vieron perdidos, comenzaron a enviar rápidamente mensajeros, y fue entonces que los arqueros apostados en el tejado cumplieron su cometido. Ni uno solo de los mensajeros salió con vida de aquella situación.

En total, los ronin mataron a 16 hombres de Kira e hirieron a otros 22 (incluyendo su nieto) sin sufrir ni una sola baja. Kira, sin embargo, no aparecía por ninguna parte.

Los hombres victoriosos son detenidos en el camino para ofrecerles un pequeño homenaje

Venganza

Algunos comenzaron a desesperar, pero Oishi había tocado la cama de Kira y al sentirla caliente sabía que no era posible que estuviera lejos de allí. Una segunda búsqueda en la casa les indicó un cuarto oculto (normalmente dedicado a almacenar leña y carbón) en el que un hombre les atacó con una daga. El hombre, sin embargo, fue fácilmente desarmado. Cuando se negó a decir su identidad comenzaron las sospechas: se trataba, por fin, del mismo Kira: la cicatriz, producto del ataque de Asano, lo delató. El silbido no se hizo esperar.

Los Ronin se congregaron en torno a su enemigo y le ofrecieron, como último símbolo de nobleza, no morir por el filo de la espada sino con el más honorable seppuku. Kira, sin embargo, no paraba de temblar y tartamudear y Oshi, viendo que no valía la pena negociar, ordenó a sus hombres sostenerlo y le cortó la cabeza.

Luego de terminar su asalto, los hombres apagaron todos los fuegos del hogar (no era su intención, como habían dicho antes, dañar a los vecinos, ni siquiera con un incendio inadvertido) y se marcharon caminando hasta la tumba de Asano, a unos 10 kilómetros de distancia, en donde por fin pudieron ofrecer a su señor la dulce venganza que tanto había esperado. El más joven de los Ronin, Terasaka Kichiemon, se marchó entonces como mensajero a Ako para contar que la venganza había sido ejecutada.

Mientras marchaban por el camino se regó como pólvora el relato de sus acciones y todos a su paso los alababan y les ofrecían comida y bebida. Al llegar al templo pusieron la cabeza de Kira sobre la tumba de Asano, rindieron tributo a su señor y dieron al Abad todo su dinero solicitando que cuidara de sus propias tumbas y que les diera un sepelio adecuado.

Las tumbas de los 47 Ronin hoy, lugar de peregrinación

Epílogo

Tras esto, los 46 Ronin (todos menos el mensajero) se entregaron. Pese a los clamores populares de admiración y al gran honor que conllevaban sus acciones, la ley era la ley y la habían violado, por lo que el Shogun los condenó a muerte. Sin embargo, les permitió realizar seppuku, algo considerado honorable y muy distinto a la muerte tradicional dada a los criminales.

Terasaka Kichiemon, quien volvió luego a entregarse, recibió el perdón real (se cree que por su corta edad) y murió a sus 87 años, siendo entonces enterrado con sus camaradas.

Sus armaduras fueron guardadas por el templo y al día de hoy sus tumbas son un lugar de peregrinación de miles de japoneses que marchan allí para honrar el honor y la valentía de estos samurái sin señor.

Esta es, señores, la leyenda de los 47 Ronin.

Parte 1

Fuente de imágenes: upload.wikipedia.org

El incidente de Ako y la Leyenda de los 47 Ronin, parte 2

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