Efraín González, parte 4: la Batalla Final

Asesinos en serie, Historia, Personas sorprendentes

El cerco a Efraín

El Vengador

Terminamos el episodio pasado repasando los actos más criminales del bandolero legendario colombiano, que incluyeron el asesinato a sangre fría de decenas (quizás, más de un centenar) de liberales y de uno que otro conservador que se encontraba en el lugar equivocado. Sin embargo, sus andanzas también lo llevaron a convertirse en una especie de “Paladín de la Justicia” de la zona esmeraldera, donde su presencia terminó con la Guerra y dio lugar al surgimiento de una especie de tregua, sin precedentes, de la que todos se beneficiaron.

Es común oír hablar del Sietecolores como una especie de “Robin Hood”, un justiciero defensor a capa y espada de la justicia social. Pese a lo popular del concepto, considero que es erróneo ya que Efraín no se caracterizaba por robar ni distribuir recursos. Quienes lo conocieron aseguran que jamás se interesó en las cosas materiales, y aunque era protegido por magnates con muchísimo dinero siempre tuvo un estilo de vida austero. Algunos incluso aseguran que rechazó en repetidas ocasiones ofrecimientos de minas en Muzo (la región esmeraldera) porque sencillamente no le importaba. La Venganza, eso era lo que lo motivaba.

Más que un Robin Hood, Efraín era un Vengador, un hombre poderoso que demostraba a su paso que a nadie le temía y a nadie le debía. Aunque todos le temían, muchos también lo apreciaban y respetaban, como incluso hoy se puede determinar apenas dando un pequeño paseo en la región.

Y este hombre fuerte se encontraba, el 9 de junio de 1965, completamente rodeado en una casa en el sur de Bogotá. Las cifras varían de acuerdo con la fuente, pero en cualquier caso entre 300 y 1.200 soldados hacían parte del cerco que aquel día buscaba terminar, de una vez por todas, con la Leyenda del Sietecolores.

La Batalla Final

Primeras balas                                                                                                          

A eso de las 2:30 de la tarde ingresaron los primeros oficiales al hogar donde supuestamente se encontraba el bandolero. Preguntaron a los dueños del hogar a quién habían arrendado las habitaciones, afirmaron que no les conocían pero les permitieron ingresar a todas menos una, de un hombre que no se encontraba pero que no gustaba de interrupciones. Escépticos, los militares ingresaron un equipo al hogar para derribar la habitación.

Tras varios golpes con un ariete en la puerta, apenas esta se abrió salió una ráfaga de disparos del interior dando muerte en el acto a uno de los hombres, el detective José Quirama. Otro de los militares, el sargento Harold Bedoya, quedó encerrado en la casa con el Bandolero cuando se desató el fuego entre ambos bandos.

El cañón usado por el ejército para romper las paredes de la casona

El soldado estuvo más de una hora en un duelo personal con Efraín, tras lo cual, aprovechando una granada, escapó rápidamente del lugar. Al salir se encontró con el teniente José Joaquín Matallana, quien halló de gran utilidad la información del hombre sobre la disposición de los cuartos en el hogar. Pronto, el ejército comenzó la labor de derribar, pared a pared, el escondite del Sietecolores.

Pero en todo este tiempo el bandolero no les había dado tregua alguna. Fiel a su dicho más común – “Conmigo la pelea es peleando” – el hombre se movía con magistral agilidad en los resquicios ocultos del hogar, disparando desde varios lugares, siempre a cubierto, y limitando la acción de los militares. Hora tras hora, más soldados caían heridos y la moral comenzaba a mermar entre la tropa. Todos sabían que, una vez llegada la noche, Efraín podría escapar.

Cae la noche

Había una circunstancia muy favorable para el bandolero. Apenas a unos metros, en el otro extremo de la calle, se encontraba lo que popularmente se conoce en Colombia como una invasión: un barrio de casonas de lata, construidas sobre la marcha, en el que habitaban personas sin un hogar en Bogotá y que legalmente no eran dueñas de los predios. Se trataba de campesinos o hijos de campesinos, muchos de Boyacá, que idolatraban y admiraban al Sietecolores. Efraín no tenía más que atravesar esta distancia de 6 metros, saltar al otro lado, y la multitud enardecida que observaba el combate se encargaría de protegerlo.

Y el ejército tenía que impedirlo a toda costa.

Con la llegada de la noche aumentaban las esperanzas del Sietecolores. Angustiado, el teniente Matallana instaló potentes faros capaces de iluminar el escenario y continuó el combate no sin antes colocar francotiradores en los tejados, esperando que evitaran un escape sorpresivo. El plan de destruir la casa no había funcionado: antes había dado mayores lugares para cubrirse a Efraín y corría el riesgo de que un impacto abriera un agujero en la parte lateral o trasera, por donde el hombre podría finalmente fugarse. Además, la nube de polvo que levantaba cada impacto era una oportunidad para el bandolero.

Titulares de la muerte de Efraín el 10 de junio. Las cifras de bajas varían

A las 7:00 pm la situación comenzaba a tornarse desesperada. El cerco no había funcionado y las personas del barrio aledaño se mostraban más y más agresivas: si atacaban abiertamente a las tropas se armaría un caos y la cosa habría terminado. A buena hora llegó al teniente información sobre unos nuevos gases, recién importados del Reino Unido, que podrían sacar al hombre de su guarida.

Fue así como un ejército completo, pertrechado y armado hasta los dientes se sentó a esperar que los gases hicieran su efecto. No tuvieron que esperar mucho tiempo: pocos minutos después salía Efraín de su escondite disparando con agilidad a los faros y en dirección a sus posibles aliados al otro lado. Hizo un excelente trabajo: su agilidad le permitió destruir los focos de luz y sus movimientos eran demasiado rápidos para que los soldados en tierra pudieran acertar.

Pero él no sabía que había francotiradores. Estando apenas a 3 metros de la salvación, una bala atravesó su cráneo y se desplomó en medio de la vía.

El epílogo

La multitud enardecida comenzó a arrojar rocas e improperios contra las tropas. A gritos de “cobardes”, los soldados se retiraron con el cuerpo del bandolero sabiendo que, por fin, habían dado de baja al criminal más buscado del país.

Aquí termina la Historia del hombre que era capaz de convertirse en gato para eludir los cercos, que al golpe de las balas se transformaba en una bandada de mariposas. Aún hoy se encuentran sus seguidores convencidos de que si murió, fue solo porque olvidó ponerse el relicario en las piernas a la hora de salir corriendo. Porque él, un protegido de la Virgen de Chiquinquirá, no podía caer bajo las balas.

Pero es también la historia de un hombre con un talento militar sin par que, quizás en un caso único en la Historia, luchó solo contra todo un ejército por más de 5 horas, causando 20 bajas entre las filas (5 de las cuales resultaron en la muerte de los soldados). El Sietecolores selló, con su muerte, el surgimiento de su Leyenda.

Se cuenta que algunos vecinos, como protesta por el suceso, colocaron una placa con la inscripción

“Aquí combatió, durante 4 horas, un cobarde criminal contra más de mil doscientos valerosos soldados colombianos”.

Alguien escribió debajo, a lápiz

“Y casi se les va”.

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Bibliografía

El pensante (19 noviembre, 2015). Efraín González, parte 4: la Batalla Final. Bogotá: E-Cultura Group. Recuperado de https://www.elpensante.com/efrain-gonzalez-parte-4-la-batalla-final/