Efraín González, parte 3: del hombre detrás de la Leyenda

Asesinos en serie, Personajes de la historia, Personas sorprendentes

Terminamos el capítulo pasado con el salto de nuestro personaje hacia el abismo del que provendría su sobrenombre: el Sietecolores. En aras de la rigurosidad, hemos de aclarar que no fue este el único apodo que se le tuvo: también era conocido como “Don Juan” o “Juanito”. Sin embargo, el Sietecolores si fue el más memorable de todos sus nombres.

Verde esmeralda

A partir de este momento, la leyenda de Efraín comenzó a consolidarse tras una fantástica serie de hazañas que lo convirtieron en un ser casi sobrehumano. A la Batalla de las Avispas se sumó el escape a otros cercos del ejército y, sobre todo, una pequeña refriega en la que fue emboscado por una decena de soldados… y el resultado fueron 10 soldados muertos.

Siempre vestido con ruana y sombrero y acompañado por un leal can, el Sietecolores cargaba con una semiametralladora Madsen con una pequeña cruz tallada en la manopla. Su talento para disparar ráfagas letales con el arma y luego retirarse en cuestión de segundos, o menos, lo convirtió en un contrincante letal, temido por los más avezados militares.

Y para terminar, estaba su papel fundamental en la zona esmeraldera. Porque de acuerdo con los relatos, Efraín fue nada más y nada menos que el “Pacificador”, el poder bajo las sombras de las minas que garantizó a todos la posibilidad de trabajar en paz. Por esto, más que ninguna otra cosa, fue admirado y respetado.

La Pax Esmeraldera

Aquí se entrecruza el relato “oficial” con la memoria de quienes vivieron bajo la mano de hierro de la cuadrilla del Sietecolores. Para el Estado, Efraín fue poco más que un matón, un criminal contratado al servicio de algunos zares de la Esmeralda y que usó su fuerza para aniquilar la oposición y poner la región al servicio de sus jefes.

Pero quienes luchaban por sacar las valiosas piedras verdes, con el fango en las rodillas revolcando, día tras día, los restos de las minas; quienes pasaban sus días en la oscuridad con la esperanza de encontrar, un día, una piedra verde, cuentan un relato diferente.

De acuerdo con ellos, la zona esmeraldera colombiana (principal productora mundial de las piedras preciosas) era un reino de nadie, hogar de la muerte y la guerra, que cobraba víctimas todo el tiempo. Nadie podía sobrevivir allí más que armado y con un buen grupo de personas cubriéndolo, e incluso entonces corría el riesgo permanente de ser asesinado al primer indicio de haber encontrado una de las valiosas piedras.

Imagen que retrata la vida en la zona esmeraldera, en tiempos de Efraín y ahora

La situación, afirman, cambió con la llegada de Efraín. Solicitado en la región por los barones de la Esmeralda, el bandolero impuso su ley de fuego y muerte, acabando los conflictos a la fuerza y castigando con la pena capital a ladrones y bandidos que se lucraban con el trabajo de los mineros. Su mano dura, sin embargo, le trajo mucho apoyo en la región.

En la zona esmeraldera, Efraín era amo y señor. Contaba con innumerables amigos y pocos enemigos: todos le ocultaban, todos le recibían. Entre otros, este apoyo le garantizó una movilidad casi total en la región. Las autoridades sabían que no podrían acabar con él mientras estuviera allí.

Y por eso decidieron sacarlo.

La vida del Bandolero

Además de su papel en la zona esmeraldera, Efraín tomó un papel muy importante en las luchas partidistas de este duro periodo de la Historia colombiana. Mostrando su cara más sanguinaria organizó masacres de personas pertenecientes al Partido Liberal por el simple hecho de que él era conservador y de que algunos liberales habían tenido incidencia en la Batalla de las Avispas.

Efraín fue también cooptado por fuerzas que seguramente no comprendía del todo. De manera magistral algunos líderes conservadores lo usaron para destruir su competencia en la política y aumentar su poder en la región. Otros lo convirtieron en su abanderado, para que los defendiera de Carlos Bernal, su equivalente liberal que también sería dado de baja, pero jamás se convertiría en la leyenda que fue Efraín.

Seguramente al margen de las decisiones en las altas esferas, Efraín había comenzado a reconstruir su vida en los días anteriores a su última batalla. Amigo de los frailes Dominicos que tenían una congregación en el importante centro religioso de Chiquinquirá, creyente y católico hasta la médula, Efraín habría decidido convertirse en un miembro de la comunidad y abandonar para siempre su historial delictivo. Las razones detrás de esta decisión no están claras, pero todo parece indicar que pasó algún tiempo disfrazado en el convento.

No era la primera vez que Efraín tomaba los hábitos, pero sí la primera que lo hacía con el ánimo de recogerse y no como una manera de esconderse entre la multitud o incluso, de acercarse a sus desprevenidas víctimas.

Pedro Claver Téllez, uno de los hombres que más ha investigado sobre Efraín

Líos de faldas                                                                      

Se dice que Efraín había comenzado una relación bastante seria con una mujer llamada Cleotilde Ariza, quien fue detenida algunos meses antes de su muerte (cuando supuestamente estaba recluido en el convento). De acuerdo con la mayor parte de las versiones, fue este suceso el que lo llevó a salir de su inacción y a organizar el secuestro del hijo del “Gallino” Vargas, un importante miembro de la clase alta colombiana.

A partir de este momento fue el principio del fin. La persecución arreció con fuerza y el cerco comenzó a cerrarse. Sin embargo, pese a las capturas de sus aliados, el Sietecolores evadía sin problemas los cercos del ejército y en cada combate dejaba más claro que capturarlo parecía ser imposible.

Por esta razón, el Ejército decidió esperar. Pronto, suponían, tendría que ir a la capital del país a intentar rescatar a su querida… algo que parece ser les dijo otra de sus mujeres, indignada tras enterarse de la existencia de Cleotilde. El peor bandolero de la Historia condenado por un lío de faldas.

El comandante de la operación, Teniente José Joaquín Matallana, no estaba dispuesto a correr riesgos. Tras enterarse de la posición de su enemigo declarado (con quien algunos meses antes se había batido en un tremendo combate personal) movilizó todos y cada uno de los soldados disponibles. Una cifra que no está clara, pero que fluctúa entre los 400 y los 1.200 soldados armados además con un tanque y un cañón de 58 mm, cercó al bandolero.

Entonces comenzó la última batalla de Efraín, que haría que abandonara este mundo convertido en una leyenda. Sobre ella hablaremos en el último episodio.

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Fuente de imágenes: 1: panamericana.com.co, 2: blogs.publico.es, 3: jesusmaria-santander.gov.co

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