Antropólogos estudian un pueblo en el que la sonrisa no significa felicidad

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Al final, podría ser que el significado de una sonrisa no fuese tan universal como creíamos

Genes y cultura

Los seres humanos somos, sin duda alguna, animales muy particulares. Aquello que llamamos “cultura” – esto es, las formas y métodos con las que nos adaptamos a nuestro entorno y que varían mucho de sociedad a sociedad – muestra una variabilidad y una capacidad de modificarse de acuerdo con las circunstancias inimitable en el reino animal. Aunque varias especies tienen sus propias variaciones de culturas (algunas orcas se especializan en cazar focas, otras peces, y muchos primates enseñan a sus hijos a usar herramientas que en otros grupos se desconocen) en el caso de los seres humanos estas variaciones son muchísimo mayores.

Sin embargo, siempre hemos creído que una parte importante de nuestro ser sigue siendo genética. Cosas como el instinto maternal, el incesto (omnipresente en todas las sociedades) o los lazos familiares son tan comunes que es prácticamente imposible pensar que se desarrollaron de manera independiente. Además, son algo que compartimos con nuestros parientes más cercanos (y de hecho con prácticamente todos los mamíferos o la gran mayoría), por lo que es casi un hecho que se encuentran escritos en nuestros genes desde millones de años antes que la cultura comenzara a aparecer.

En la actualidad, los científicos consideran que cierto grupo de emociones “básicas” están igualmente marcadas en la impronta de nuestro cerebro por obra de la evolución. En particular se trata de la tristeza, la alegría, la molestia o enfado, el miedo y el asco (sí, Disney hizo su tarea antes de sacar la película). Sin embargo, recientes investigaciones le apuntarían a que las cosas no son tan claras como se pensaba.

Cambios faciales

Las investigaciones se han concentrado en analizar los rostros de personas que expresan toda una plétora de emociones. Una en particular ha realizado incontables fotografías (decenas de deportistas olímpicos, 174 luchadores victoriosos en judo, algo más de un centenar de personas teniendo un orgasmo, entre otros) para analizar cómo distintas personas expresan lo que deben ser emociones muy semejantes. Y los resultados han sido más que polémicos.

De acuerdo con los autores de la investigación (entre los que destaca Fernández Dols) de las evidencias recolectadas puede concluirse que las expresiones faciales – incluso las más genéricas – son en verdad creaciones sociales profundamente influenciadas por nuestra cultura, y que distan de la universalidad de las que se creían características.

En efecto, según esta teoría la acelerada globalización de los últimos siglos – de la mano con la dramática mejora en las comunicaciones – habría creado uniformidad en lo que siglos atrás eran una serie de mundos  diversos e inteligibles entre sí. Es por ello que ahora todos nos entendemos.

Pero ¿cómo probar esto? Simple, ir a pueblos que hayan permanecido relativamente aislados y ver sus reacciones. Y esta fue la segunda fase del experimento.

Nativos de la Isla de Trobiand, donde las sonrisas no son lo que parecen

Trobiand y Matemo

Trobiand es el nombre de un grupo de islas en el archipiélago de Papúa Nueva Guinea en el que habita un grupo indígena que vive de la pesca, habla su propia lengua y no conoce la electricidad. Un grupo de antropólogos se dirigió al lugar a realizar una prueba que ya se había realizado previamente en jóvenes en España.

El ejercicio era sencillo. Se mostraban una serie de fotos de rostros y la persona tenía que indicar la emoción a la que hacía referencia la cara del retrato. En España, como no, la coincidencia fue de casi un 100%.

Pero en Trobiand la situación fue diferente. Apenas la mitad de las personas asociaron la sonrisa con la felicidad y la molestia fue casi tan común, así mismo, el asco y el miedo aparecieron en la lista. Y prácticamente nadie asoció un ceño fruncido con el enfado (5%). Las expresiones, sencillamente, no parecían significar lo mismo.

Resultado idéntico se obtuvo en Matemo, isla de Mozambique en la que viven habitantes que, aunque más integrados, aún manejan su cultura de modo relativamente independiente.

Los resultados son inquietantes y reveladores, pero por ahora no resultan concluyentes. Si nuevas investigaciones refuerzan lo aquí descubierto podrían dejar en entredicho lo que creíamos saber de las emociones humanas.

Imágenes: 1: mint57.com, 2: studentsoftheworld.info

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